viernes, 9 de enero de 2026

¿Por qué es importante salirse del modo “lucha/huida/parálisis” (estrés)?

 


El cuerpo entra en inflamación cuando la mente no descansa.


La mente no descansa por:

- pensamientos constantes,

- preocupación continua,

- hiperalerta mental incluso en reposo


El cuerpo interpreta ese estado como una amenaza persistente. Aunque no exista daño físico ni infección, el organismo responde activando mecanismos defensivos que, con el tiempo, derivan en inflamación crónica de bajo grado.

Este proceso es silencioso, progresivo y profundamente desgastante.

El origen está en el sistema nervioso.

Una mente que “no se apaga” mantiene activado de forma sostenida el sistema nervioso simpático, encargado de la respuesta de alerta.



El cuerpo no diferencia entre una amenaza real y una amenaza mental constante. Como resultado, se liberan de manera continua cortisol y adrenalina, hormonas diseñadas para respuestas cortas, no para estados prolongados.

En condiciones normales, el cortisol ayuda a controlar la inflamación. Sin embargo, cuando permanece elevado durante largos periodos, pierde su efecto regulador y comienza a desorganizar la respuesta inmune. El sistema inmunológico entra en un estado de activación parcial continua: no combate una amenaza concreta, pero tampoco se desactiva.

Este estado mantiene encendidas vías inflamatorias sin un propósito claro.

A nivel inmunológico, esta activación constante altera la producción de citocinas, moléculas que regulan la inflamación.

Se incrementan las citosinas (citoquinas) proinflamatorias y se reduce la señal de resolución inflamatoria.

El resultado es una inflamación silenciosa, que no causa fiebre ni dolor agudo, pero deteriora tejidos, afecta la reparación celular y altera el funcionamiento de órganos clave.

El intestino es uno de los principales afectados.

La mente en estrés continuo altera el eje intestino-cerebro, aumentando la permeabilidad intestinal.

Fragmentos bacterianos y toxinas atraviesan la barrera intestinal y activan al sistema inmune, amplificando la inflamación sistémica. Dado que una gran parte de las defensas del cuerpo reside en el intestino, este proceso se convierte en un potente motor inflamatorio.

A nivel celular, la inflamación crónica deteriora la función mitocondrial.

Las mitocondrias producen menos energía y más radicales libres en entornos inflamados.

Esto genera fatiga persistente, dolor difuso, rigidez muscular y sensación de agotamiento general, incluso sin esfuerzo físico.

El cuerpo entra en un estado de desgaste metabólico.

El sueño, clave para apagar la inflamación, también se ve afectado. Una mente que no descansa fragmenta el sueño profundo, fase en la que se regulan las respuestas inmunes y se reduce la inflamación.

Sin este descanso reparador, el cuerpo no logra desactivar los procesos inflamatorios, perpetuando el ciclo mente activa → inflamación → cansancio → más activación mental.


El cerebro tampoco queda al margen.

La inflamación de bajo grado afecta la comunicación neuronal, reduce la plasticidad cerebral y favorece síntomas como niebla mental, irritabilidad, dificultad para concentrarse y alteraciones del estado de ánimo.

Estos síntomas refuerzan la rumiación mental, cerrando un círculo inflamatorio mente-cuerpo.


Lo más engañoso, es que este proceso ocurre sin señales claras.

La persona puede sentirse “funcional”, pero vive cansada, tensa, inflamada y con molestias difusas que no tienen una causa aparente en los estudios médicos iniciales.


Con el tiempo, esta inflamación silenciosa aumenta el riesgo de enfermedades metabólicas, cardiovasculares, autoinmunes y neurodegenerativas. No porque la mente “cause” directamente estas enfermedades, sino porque mantiene al cuerpo en un entorno inflamatorio constante.


La salida comienza cuando la mente aprende a descansar de verdad.

Pausas mentales reales, reducción de estímulos, respiración profunda, movimiento consciente, sueño profundo, momentos de silencio, yoga, práctica de atención plena, permiten que el sistema parasimpático se active y que la inflamación disminuya de forma natural.


En síntesis, cuando la MENTE no descansa, el cuerpo entra en inflamación como mecanismo de defensa.

No es debilidad ni exageración: es una respuesta biológica a una alerta constante.

Calmar la mente no es solo bienestar emocional, es una intervención directa para reducir la inflamación.

Fuente Té Dra. K


viernes, 2 de enero de 2026

El lenguaje de las emociones

 

Tarde o temprano, la vida emocional, nos invita a que miremos dentro. Cuando aparece el dolor, la rabia, el miedo, la tristeza, etc., tenemos una invitación a conocer un poco más de lo que realmente nos está pasando.

No nos educan a sentir, a escuchar los mensajes que cada emoción nos trae para poder integrar y crecer sanamente, de manera que es imperioso que aprendamos a relacionarnos con lo que nos pasa de una manera inteligente (desarrollar la inteligencia emocional), sin dejarnos llevar por lo mecánico y condicionado, aprender a gerenciar ese mundo emocional, evitando desbordarnos, reprimir o negar lo que nos está sucediendo.

Es importante durante este aprendizaje, ser amables con nosotros mismos y tener paciencia con nuestros propios procesos internos.

El aprender a gestionar las emociones, nos ayuda a crear una vida saludable, pero si las dejamos a su aire o bien, las reprimimos, pretendiendo que no existen, negándolas, las apartamos de la conciencia, pueden provocar perturbaciones, síntomas, enfermedades.

Las emociones surgen en base a programas mentales, creencias, maneras de interpretar los acontecimientos. Estos patrones, buscan la felicidad, huyendo del dolor, teniendo siempre una intención positiva, un beneficio escondido, que a veces cuesta entender con la mente concreta (la que analiza, juzga, cuestiona…)

Funcionamos por repetición de patrones mentales, sin ser conscientes de ellos muchas veces, patrones que fuimos grabando en los primeros años de vida y reforzando luego mediante las distintas experiencias que confirmaban esa manera de ver y actuar.
Nuestras emociones se basan en esos patrones; para desarrollar una inteligencia emocional, debemos reconocer y cambiar dichos patrones.

Cuando se trata de una experiencia traumática y la emoción que la acompaña se bloquea, la mente no puede evaluar o integrar esa experiencia. Cuando la energía emocional bloquea la resolución del trauma, la mente disminuye su capacidad de funcionamiento. Con los años, la mente se empequeñece cada vez más, ya que el bloqueo de la energía emocional se intensifica cada vez que ocurre una experiencia similar.
Siempre que tenemos una experiencia nueva, y que de alguna forma se parece al trauma original, sentimos con una intensidad que es desproporcionada con lo que está ocurriendo en realidad. Se trata de una regresión espontánea.

Nuestro niño interno herido está lleno de energía no resuelta que proviene de la tristeza de un trauma infantil.
Uno de los motivos de que sintamos tristeza es para completar los sucesos dolorosos del pasado, de modo que podamos disponer de nuestra energía para el presente. Cuando no se nos permite lamentarnos, esta energía se congela.


Para aprender más sobre el tema te ofrecemos:





jueves, 27 de noviembre de 2025

El cerebro puede cambiar

                                 

La vida tiene partes desagradables y otras  agradables; junto a las partes que no nos gusta, podemos también buscar esa parte de la realidad que si existe, en vez de quedarnos en “esto no funciona”, plantearnos ¿cómo podría hacer que funcionara?

Tengamos en cuenta que donde  llevemos nuestra atención, van nuestras emociones y se hace más real para nosotros.

Si solo estamos enfocados en el aspecto negativo de las cosas, llega un momento literalmente, en el que aunque haya un aspecto positivo y valioso, no lo podremos ver, la percepción es una construcción cerebral.

Hay personas que viven en un mundo de oportunidad, no niegan la realidad de los problemas, tampoco niegan la posibilidad de las oportunidades; hay personas que viven constantemente en un mundo de amenaza; viven en el mismo espacio físico pero no viven en el mismo espacio mental.

Si creo que hay oportunidades, encontraré una dificultad, tendré que lidiar con esa dificultad pero no me concentraré, no llevaré toda mi atención al problema, sino también a la búsqueda de soluciones, con lo cual es mucho más probable que las  encuentre.

Y esto no es genético, como se suele pensar; solo el 40 % es genético y el 60% es no genético. Hoy sabemos que los estados emocionales de la persona afectan el material genético, la Epigenética (ciencia sólida, de peso) demuestra que los estados emocionales movilizan ciertas hormonas, moléculas de la emoción (como las llamó Candace Pert) que interactúan con las membranas de las células, tienen acceso al material genético y hacen que unos genes se queden dormidos y otros se despierten.

Esto tiene un gran impacto, pues hay algunos genes que es fabuloso que se despierten, relacionados con neurotransmisores que tienen que ver con la inteligencia, y  hay otros genes que es mejor que sigan dormidos.

Una vez que se ha descubierto la Epigenética,  ya tampoco podemos decir 40 % y 60%, es como decía Ortega y Gasset, “el ser humano no es un participio sino un gerundio”, no estamos hechos del todo, sino que nos vamos haciendo.

 

Lo primero que tenemos que entender, es que esto es un proceso y la pregunta es:

¿Realmente el cerebro puede cambiar?

Hoy sabemos que el cerebro es plástico, la neuroplasticidad tiene dos facetas:

 -  la conexión de nuevas neuronas y

-   la generación de nuevas neuronas a partir de células madre.

Podemos generar entre 500 y 1000 neuronas a partir de células madre al día, esto quiere decir que cuando  estamos buscando el lado positivo de la vida, sin negar que hay un lado muy duro, muy doloroso y desfavorable, estamos cambiando la estructura física del proceso.

Tengamos en cuenta que las células madre, tienen que viajar un milímetro hasta el hipocampo y ahí en veintiún días se han convertido en nuevas neuronas. Estas nuevas neuronas de la memoria y el aprendizaje, reestructuran toda nuestra personalidad porque tienen conexiones a la corteza cerebral.

Esto quiere decir que en el fondo, estamos reinventando nuestro cerebro y va pasando el tiempo y si nos mantenemos, si seguimos aunque tengamos caídas y lo volvemos a tomar, aunque nos parezca una tontería, llega un momento en que el cerebro realmente, físicamente cambia y de manera natural, empiezas a ver con especial facilidad aquello de la vida que si está bien, con lo cual, tu forma de relacionarte con la vida es radicalmente distinta, porque te relacionas con más ilusión, con más alegría, no niegas el problema, pero das más peso a la oportunidad.

 

Ante algún desafío, por duro que sea, el cerebro tiene dos modos de operar:

- supervivencia o

- adaptación

Si se queda en modo supervivencia; es luchar, huir o bloquearse.

El problema puede ser real (estoy sin trabajo) pero el mayor problema, es el diálogo interno que la persona tiene ante esa situación, “no hay salida, no puedo, no hay manera de salir de esta situación”, ese diálogo tiene la capacidad de bloquear el cerebro, se ha podido fotografiar el impacto con resonancia funcional magnética.

La forma en que valoremos una cosa afecta tremendamente al potencial, a los recursos que podamos aflorar.

Si lo que está ocurriendo lo valoramos como algo que no podemos afrontar porque es muy complicado, o pensamos que son los demás lo que lo tienen que resolver, no vamos a sacar nuestro potencial.

Somos absolutamente capaces de salir de la situación difícil, siempre que tengamos un cambio en la actitud, sensación de responsabilidad; yo no lo puedo hacer todo, al menos puedo hacer algo, me voy a dedicar a hacer aquello que pueda hacer, se trata de generar muchas más conversaciones que crean valor; tú qué es lo que sientes, qué necesitas, qué podemos hacer juntos, en lugar de dedicarnos a cambiar cosas que a lo mejor están tan alejadas de nosotros, que ahí perdemos toda nuestra energía, nuestra  fuerza, nuestra vitalidad. 

Se trata de invertir bien la energía, donde va nuestro foco, va nuestra energía, van nuestras emociones y vamos nosotros.




martes, 18 de noviembre de 2025

Comprender y regular la respuesta al estrés desde la Teoría Polivagal

 

La teoría polivagal, es un modelo explicativo que describe de manera concluyente la estructura, las propiedades y el funcionamiento del Sistema Nervioso Autónomo (SNA).

Desde el comienzo, como seres humanos, hemos estado buscando constantemente un entorno de vida seguro, así como relaciones en las que poder confiar.

El Sistema Nervioso Autónomo, es decir, involuntario, es la parte más importante de nuestro organismo. Tal y como indica la palabra “autónomo”, actúa sin nuestra voluntad, sin nuestra intervención activa o control consciente, y pasa desapercibido, en gran medida.

Trabaja sin descanso, día y noche e independientemente de nuestra actividad, para mantenernos a salvo.

Para esto, el sistema nervioso puede recurrir a tres posibles patrones de reacción autónoma, que se sitúan jerárquicamente y sus funciones reflejan la historia evolutiva del cerebro.


1- El primer sistema muy antiguo es llamado Vago Dorsal. Diseñado como un sistema de ahorro de energía que se manifiesta mediante el patrón de shock o simulación de muerte y busca la supervivencia en las situaciones más extremas.

En todo recién nacido, esta parte, ya está completamente desarrollada y funcional.


2- El sistema que le sigue en jerarquía, es el Sistema Simpático, más joven en términos evolutivos, capaz de movilizar fuerza para superar situaciones de emergencia y desencadenar nuestro comportamiento de lucha o huida.


3- El tercero en términos de historia evolutiva, es el Vago Ventral, es el más joven de los tres, está detrás de la capacidad de comunicarnos, de resolver problemas a través de la comunicación y de vivir en conexión o elegir conscientemente apartarnos.


Dependiendo de la maduración del sistema nervioso del niño, la madre asumirá temporalmente este papel regulador hasta que el niño aprenda a hacerlo por sí mismo.


Conocer el funcionamiento autónomo de nuestro cuerpo a través de los tres sistemas mencionados, es muy valioso a la hora de comprender las reacciones generales del estrés y el comportamiento humano, pero también para curar los traumas y los trastornos resultantes.

Estas conexiones y el conocimiento de ellas, también son esenciales para la interacción comunicativa básica y por lo tanto, para una vida social regulada.

Por eso no son solo de interés para aquellas personas afectadas por un trauma.

El hecho de que la teoría esté ganando progresivamente aceptación en todo el mundo, no es casualidad sino más bien, consecuencia de su correcto enfoque y del éxito de los métodos basados en ella, para mejorar la comunicación y la curación de los traumas; y también para diversas enfermedades que no se atribuirían fácilmente a

un evento traumático, como los frecuentes y variados dolores mencionados, entre ellos, dolores de cabeza, de espalda, de las articulaciones, enfermedades internas y ortopédicas como hipertensión arterial, trastornos gastrointestinales, inflamación, artrosis, síndromes complejos como la fatiga crónica, las migrañas, la fibromialgia, las alergias, síndrome de burnout, etc.


La teoría polivagal fue mencionada por primera vez en 1994 por su fundador, profesor de psiquiatría Stephen W. Porges (científico), el mismo se sorprendió del éxito de su enfoque entre los médicos, en especial en traumatología.

Por fin se podían explicar de manera concluyente, qué reacciones físicas adaptativas ocurren después del trauma.

La búsqueda constante de seguridad y supervivencia, se hizo evidente como una meta justificada en la vida de todos los seres vivos.

Antes de desarrollar esta teoría, se suponía que nuestro Sistema Nervioso Autónomo, estaba formado por el Simpático y su opuesto el Parasimpático.

Una gran parte del Sistema Parasimpático, consiste en el Nervio Vago.


Porges descubrió que no solo hay un nervio vago, sino un sistema de reacción Autónomo Ventral, es decir, Anterior y otro Dorsal, es decir posterior.

Aunque ambos se consideran Sistemas Parasimpáticos, es decir, calmantes, tranquilizadores, sus funciones no podrían ser más diferentes.

La rama anterior del Nervio Vago, nos mantiene conectados y con una energía vital sana, mientras que la Posterior, desencadena estados de shock y desmayo y por lo tanto, procesa situaciones que suponen una amenaza para la vida.

La separación y el retraimiento, son características de patrón de respuesta del Vago Posterior.


El término Polivagal, está compuesto por poly (del griego): muchos, más de uno, vagal (del latin); vagar.

Nervius vagus: significa “nervio errante”.


¿Quieres aprender más sobre este tema y aprender a autorregularte siendo consciente el sistema que se activa en cada momento en ti?


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lunes, 17 de noviembre de 2025

Mecanismo neurológico del dolor crónico

 

Las rutas pueden comenzar debido a una lesión o evento estresante que produce emociones fuertes en la amígdala.

Una vez comienza el dolor, los nervios que envían señales de dolor al cerebro, se vuelven sensibles con el tiempo y siguen enviando señales, incluso cuando no hay daño en el tejido de la zona donde se siente el dolor.

Estas señales van a la amígdala y luego se amplifican por las emociones conscientes y subconscientes, que desencadenan la activación del córtex cingulado anterior.

El sistema nervioso autónomo, activa el mecanismo de lucha, huida, parálisis o hacerse el muerto, el cual produce la activación de los nervios, la tensión muscular, el espasmo gastro-intestinal y/o la activación del sistema cardio-vascular y del sistema genito-urinario, lo cual no hace otra cosa que empeorar los síntomas físicos.

Estas vías, se ven reforzadas con el tiempo, y esto crea un círculo vicioso de dolor y aumento de las respuestas emocionales.

Una variedad de desencadenantes (como ciertos movimientos o posiciones físicas, lugares, cambios de clima, alimentos o situaciones) pueden actuar como respuestas condicionadas y se suman a las vías neurológicas que perpetúan el dolor.

En la porción consciente del cerebro, la zona del córtex dorsolateral prefrontal puede actuar para disminuir y romper el ciclo, anulando así la actividad del sistema nervioso autónomo y desactivando el córtex cingulado anterior.

Es el cerebro el que controla si se produce dolor y en qué intensidad; ejemplo, un trabajador de la construcción, cayó de un andamio y fue a parar de pie sobre un clavo que se encontraba al descubierto y que atravesó su bota de trabajo. Inmediatamente el trabajador empezó a gritar de dolor y le dieron sedantes y medicamentos para calmarlo, cuando los médicos retiraron la bota, descubrieron que el clavo estaba alojado entre dos de los dedos del pie y que no le había causado ninguna lesión. Es el cerebro el que controla si se produce el dolor y en qué intensidad, mientras que la característica de la lesión física (real o no) era un factor secundario.

Nuestro cerebro está diseñado para alertarnos del peligro.

Cuando se activan las vías del dolor en el cerebro, sentimos dolor, cuando tenemos un susto repentino, sentimos miedo. En ambas situaciones nuestro cerebro trata de alertarnos del peligro físico o emocional para protegernos de las amenazas a nuestra salud y bienestar.

Nos está diciendo que busquemos ayuda, que prestemos atención o que nos despertemos.

En el caso del dolor, ansiedad o la depresión, el cerebro nos hace saber que estamos amenazados por algún tipo de peligro, activando vías neuronales muy poderosas.

El cerebro, en particular la amígdala, es la puede estar interpretando el acto (aunque se trate de una compra de una casa, por ejemplo, que produce ansiedad) como si estuviera escapando de un edificio en llamas.

Nuestro trabajo, es aprender a reconocer estos síntomas como señales primitivas de advertencias.

Cuando oímos la alarma de incendio, estamos agradecidos de que nos haya alertado del peligro, sin embargo, si se trata de una falsa alarma y no hay fuego a la vista, simplemente apagamos el dispositivo y lo reiniciamos.

Es importante comprender que no hay un peligro físico real, agradecer al cerebro por alertarnos, investigar nuestras vidas para encontrar la fuente del mensaje que nuestro cerebro está enviando y apagar la alarma.


Afortunadamente, el córtex dorsolateral prefrontal y otras áreas que están en la parte consciente del cerebro (en el lóbulo frontal), pueden revertir el círculo vicioso del dolor, controlando las rutas del subconsciente que lo producen.

El córtex dorsolateral prefrontal es tan poderoso, que puede eliminar las experiencias dolorosas.

Cuando se activa el córtex dorsolateral prefrontal, el córtex cingulado anterior (la zona que exacerba el dolor) se desactiva automáticamente, con lo que se reduce aún más el dolor.

Disminuir la actividad del córtex cingulado anterior y del sistema nervioso autónomo, mediante el aumento de la actividad del córtex dorsolateral prefrontal; extinguir los desencadenantes que perpetúan el dolor y disminuir las respuestas emocionales de la amígdala; todo ello, interrumpe el círculo vicioso del dolor, como otros síntomas que se corresponden a los trastornos cuerpo/mente.

Los procesos que llevan a cabo unos hiperactivos Sistema nervioso autónomo y córtex cingulado anterior, producen unos espasmos y tensión muscular excesiva (desencadenados por una gran variedad de actividades, sustancias químicas y situaciones) y son la causa de la mayoría de dolores de cuello, dolores de espalda, cefaleas tensionales, migrañas, espasmos y molestias intestinales, espasmos de vejiga, dolores corporales extensivos (fibromialgia), y muchas otras condiciones crónicas.

Cuando se tienen algunos de estos síntomas y las pruebas convencionales no identifican ninguna patología médica, estas son buenas noticias, pues no se trata de una enfermedad o patología, sino un síndrome cuerpo/mente y esto, tiene fácil solución:

Es averiguar qué procesos físicos y psicológicos, han contribuido a crear y perpetuar los síntomas y luego, trabajar en la reprogramación del cerebro con el fin de extinguir el círculo vicioso neurológico en el que te encuentras atrapado.

Reconfigurar tu cerebro y desaprender tu dolor.




www.centroelim.org







lunes, 10 de noviembre de 2025

La curiosidad: antídoto del cerebro contra el miedo


La neurociencia nos informa –y confirma lo que los grandes pensadores siempre han sabido – que la curiosidad es el antídoto del cerebro contra el miedo.

Cuando la curiosidad se activa, el cerebro literalmente apaga el circuito de evitación e ilumina las regiones relacionadas con el aprendizaje, la creatividad y el coraje.
En lugar de retirarse a lo desconocido, empieza a explorarlo.

A través de estudios que utilizan la "imágenes cerebrales" han demostrado que la curiosidad estimula el sistema de recompensas dopaminérgicas, la misma red responsable de la motivación y el placer.
A medida que la dopamina aumenta, la ansiedad disminuye, y la corteza prefrontal, la parte del cerebro que toma decisiones racionales, toma el control de centros emocionales como la amigdalaria.
Esta transición convierte el miedo en fascinación.

En momentos de incertidumbre, la curiosidad actúa como un contrapeso biológico al estrés.
Le dice al cerebro: "Esto es seguro de explorar. "
He aquí por qué la gente que se mantiene curiosa durante los desafíos a menudo experimenta menos ansiedad y se recuperan más rápido de los contratiempos.

La curiosidad ayuda al cerebro a "reenmarcar" el peligro en descubrimiento, convirtiendo la confusión en crecimiento.
¿La parte más poderosa?
Puede ser entrenada.

Hacer preguntas, probar nuevas experiencias o incluso aprender temas desconocidos fortalece gradualmente los circuitos neurales de la exploración.
Con el tiempo, estas redes superan los patrones de evitación, creando resistencia y adaptabilidad tanto en la mente como en el cuerpo.
La curiosidad no elimina el miedo, lo transforma.

Al elegir mantenerse curioso, no ignoras la incertidumbre; enseñas a tu cerebro a encontrar significado dentro de ella.
Así es como aprender se convierte en coraje, y la maravilla se convierte en fuerza.

Salud Cerebro y Neurociencia

Ciencia de la Mente  Argentina




lunes, 3 de noviembre de 2025

¿Sanación o curación?

 

La sanación es un proceso que va más allá de la curación del cuerpo físico. Se trata de un proceso emocional, mental y espiritual muy poderoso que nos acerca a quienes somos realmente y a nuestro propósito en este mundo.

Sanar es regresar a nuestro estado de integridad.

La experiencia nos demuestra que la sanación es accesible para todos los seres humanos, mientras que la curación no necesariamente lo es.

Hay personas que sanan y se curan. Son los pacientes extraordinarios. Hay personas cuyo cuerpo no se cura y sin embargo, parten como triunfadores, habiéndole dado verdadero sentido a su existencia al sanar la totalidad de su ser.

La sanación es un proceso que nos acerca a Dios, a la conectividad o como se elija llamar a aquello que nos trasciende, capaz de trasformar nuestras vidas y la de nuestros familiares.

La mayoría, educados en la tradición de la ciencia médica occidental, tendemos a considera la enfermedad como una especie de falla mecánica del cuerpo que requiere de “un mecánico debajo del capó” para reconectar los cables y reemplazar las piezas. A eso le llamamos curación.

En cambio la sanación, es una cuestión de significado, no de mecánica: es una respuesta integral que busca entender la experiencia de una enfermedad como parte esencial de la vida. Según este enfoque, quien sana no es el paciente, sino la persona.

El corazón de la sanación radica en atender los diferentes aspectos del ser de una persona: físico, psicológico, espiritual, las relaciones, su entorno y las interrelaciones entre todos ellos.

Cada uno es importante y ninguno puede ser ignorado.

Si abordamos todos los aspectos, podemos optimizar los recursos de curación y autocuración disponibles, para que el programa médico sea más efectivo.

Se trata de trabajar para que el paciente se torne resiliente, es decir, que adquiera plasticidad biológica y biopsicosocial ante cualquier adversidad para salir fortalecido de ella.

No es un fracaso que alguien muera, pues hacia eso vamos todos, se trata de vivir intensamente hasta que llegue el momento de morir.

No existe en la naturaleza ninguna regla fija que se aplique a todo del mismo modo, la variedad es la esencia misma de la naturaleza, la media es una abstracción, un “ley” que la mente humana trata de imponer a la variada profusión de casos individuales. Para Stephen Jay Gould (catedrático de zoología en la Universidad de Harvard y especialista en teoría de la evolución, considera como el segundo Darwin, con 40 años padecía mesotelioma peritoneal, un cáncer grave y poco común, atribuido al contacto con el amianto), el individuo, distinto del resto, la cuestión era qué lugar ocupaba el en el espectro de variaciones existente, por encima y por debajo de la media.

Le dieron una media de supervivencia de 8 meses, lo que significaba que la mitad de los enfermos vivía menos de 8 meses; por lo que la otra mitad vivía más de 8 meses. A cuál de las dos mitades pertenecía el? No fumaba, tenía buena salud hasta ese momento, y tenía a su alcance el mejor tratamiento posible, concluyó que tenía motivos para considerarse dentro de las mejores perspectivas de supervivencia. Encontró información sobre la curva de supervivencia y se alargaba varios años más, una pequeña cantidad de personas vivían con esa enfermedad, pensó que él podía estar entre ellas.

También contaba con que esa curva de supervivencia se refería a personas tratadas entre 10 y 20 años antes, o sea que se beneficiaron con tratamientos de ese entonces y era una época donde la investigación aún no estaba tan avanzada. Si las circunstancias cambian, también lo hace la curva de supervivencia. Gould murió 20 años después, murió con cáncer, pero no de cáncer. Le dió tiempo a recorrer una de las carreras científicas más admirables de su época. Dos meses antes de morir, pudo ver publicada su obra magna: la estructura de la teoría de la evolución.



Uno de los primeros estudios que reflejó el fenómeno de las remisiones espontáneas en enfermedades consideradas incurables fue Spontaneous Remission: An Annoteated Bibliography, publicado en 1993. Este trabajo recopiló centenares de casos debidamente documentados que demuestran la extraordinaria capacidad del organismo para responder, incluso en situaciones en las que los médicos afirmaban que no había más alternativas. Más actual, en su conferencia “Una medicina de esperanza y posibilidad”, el doctor Jeffrey Rediger compartió profundas reflexiones sobre el fenómeno de las remisiones espontáneas y desafió las percepciones tradicionales de la medicina.

Estas son sus conclusiones principales:

1. No hay nada espontáneo en la remisión espontánea: según el doctor Rediger cada caso estudiado de remisión ha estado acompañado de un cambio radical en la percepción que las personas tienen de sí mismas y de mundo que las rodea.

2. El misterio de la interfaz cuerpo-mente-alma: esta conexión profunda podría ser uno de los enigmas más significativos de nuestra era, con un gran potencial transformador para la medicina y la salud.

3. La necesidad de una plataforma científica para historias de remisión: estas historias respaldadas por la evidencia, tienen el poder de inspirar a las personas. La inspiración no solo impulsa a superar barreras, sino que también motiva a otros a hacer lo mismo. Debemos construir una ciencia de la salud, no solo la ciencia de la enfermedad.


Estas ideas marcan el inicio de una era en la que la medicina podría trascender su enfoque tradicional para abarcar la complejidad y el potencial del ser humano en su totalidad.




Los pacientes excepcionales:

1- Aceptan su diagnóstico, pero no se convierten en sus víctimas.

2- Pueden responder con alegría a pesar de lo que les está pasando.

3- Pueden expresar libremente sus emociones sin sentirse juzgados, criticados o contrariados.

4- Tienen una familia que forma parte de la medicina y no de la enfermedad.

5- A pesar de los pronósticos adversos, creen y sienten que pueden recuperarse.

6- Utilizan sus creencias y sus imágenes como recurso terapéutico.

7- Descubren un sentido, un para qué a la experiencia que les toca vivir.

8- Se tornan resilientes y salen fortalecidos de la adversidad.

9- Utilizan técnicas de bienestar, como la relajación y la meditación.

10- Tienen un propósito en la vida, algo que va más allá del ejercicio de sus roles o su profesión.

En definitiva, quieren vivir, que es muy diferente a no querer morir. Hacen todo lo posible por vivir con intensidad, sin dejar de aceptar la transitoriedad de la vida.

Mover el potencial interno, te saca de las estadísticas, prolonga la supervivencia y aporta más vida a la vida.


S.M.Maruso