El cuerpo entra en inflamación cuando la mente no descansa.
Psiconeuroendocrinoinmunología (Medicina Cuerpo-Mente)
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viernes, 7 de agosto de 2026
La importancia de salirse del modo “lucha/huida/parálisis” (estrés)
miércoles, 4 de marzo de 2026
Respuestas emocionales- estrés- enfermedad
El psicólogo Ross Buck distingue entre tres
niveles de respuestas emocionales, a las que llama emoción I, emoción II y emoción III, clasificadas según el grado de conciencia
que tenemos de ellas.
La
emoción III se refiere a la experiencia subjetiva que
procede del interior de nosotros mismos, el cómo nos encontramos. En esta
experiencia existe una conciencia consciente de un estado emocional como la
ira, la alegría, el miedo, tristeza, junto a las sensaciones corporales que al
acompañan.
La
emoción II comprende muestras de emoción vista por
otros, con o sin nuestro conocimiento. Se muestra a través del lenguaje
corporal, “señales no verbales, rasgos distintivos, tonos de voz, gestos,
expresiones faciales, breves contactos e incluso el ritmo de la narración y las
pausas entre palabras.
Pueden tener consecuencias fisiológicas, a
menudo ajenas a la conciencia de los participantes”.
Es bastante común que una persona no sea
consciente de las emociones que está comunicando, aunque los que estén
alrededor pueden leerlo claramente.
Nuestras muestras de emoción II son las que
más afectan a otras personas, independientemente de nuestras intenciones. Las
muestras de emoción II de un niño son las que los padres menos toleran si los
sentimientos que expresan les despiertan demasiada ansiedad.
Un niño cuyos padres castigan o reprimen
estas muestras de emoción, quedará condicionado a responder a las emociones
similares en el futuro, por medio de la represión.
Esta autoinhibición sirve para evitar la
vergüenza y el rechazo y bajo tales condiciones, “la competencia emocional se verá
comprometida…dice Buck, el individuo, no sabrá en el futuro cómo manejar
efectivamente sus sentimientos efectivamente y sus deseos.
El resultado será una especie de impotencia,
que real o percibida, es una causa poderosa de respuestas biológicas al estrés.
La impotencia aprendida, es un estado
psicológico en el que los sujetos no se liberan de situaciones estresantes,
incluso cuando tienen la ocasión física de hacerlo. Se encuentran en
situaciones de impotencia aprendida, por ejemplo, cuando alguien se siente
atrapado en una relación disfuncional o de abuso, en un trabajo estresante o en
un estilo de vida que les niega su verdadera libertad.
La
emoción I comprende los
cambios psicológicos provocados por estímulos emocionales, como descargas del
sistema nervioso, la producción hormonal y los cambios inmunitarios que
constituyen la reacción de lucha o huida en respuesta a una amenaza.
Estas respuestas no responden a un control
consciente y no pueden ser observadas directamente desde fuera, sencillamente
ocurren.
Pueden producirse ante la falta de conciencia
subjetiva o expresión emocional.
Estas mismas respuestas al estrés, que son
flexibles en situaciones de amenaza aguda, son dañinas cuando se producen de
forma crónica y sin que el individuo sea capaz de actuar para derrotar o evitar
la amenaza percibida.
La autorregulación, dice Ross Buck, consiste
en parte, en la obtención de competencia
emocional, que se define como la habilidad de afrontar de manera
apropiada y satisfactoria los propios sentimientos y deseos.
La
competencia emocional, presume capacidades que a menudo faltan en nuestra sociedad, donde la
indiferencia (la ausencia de emoción) es la ética predominante, donde el “no
seas tan sentimental” y el “no seas tan sensible”, es lo que oyen a menudo los
niños y donde la racionalidad se considera generalmente la mejor antítesis a la
emotividad.
La competencia emocional exige:
- la capacidad de sentir nuestras emociones, de modo que seamos siempre conscientes de cuándo experimentamos estrés;
- - la
capacidad de expresar nuestras emociones de manera efectiva y, por lo tanto,
afirmar nuestras necesidades y mantener la integridad de nuestras fronteras
emocionales;
- - la
facultad de distinguir entre reacciones psicológicas pertinentes para la
situación presente y aquellas que representan vestigios del pasado. Lo que
queremos y le exigimos al mundo, debe adecuarse a nuestras necesidades
presentes, no a las necesidades inconscientes e insatisfechas de nuestra
infancia. Si se emborrona la distinción
entre pasado y presente, percibiremos una pérdida o amenaza de pérdida, allí
donde ésta no existe;
-
la
conciencia de aquellas necesidades genuinas que sí requieren satisfacción, en
vez de reprimirlas con tal de recibir la aceptación o aprobación de otros.
El estrés, se da ante la ausencia de estos
criterios, y conduce a la alteración de la homeostasis. La alteración crónica
lleva a la mala salud. En cada una de las historias de enfermedad por lo general al menos uno de los aspectos
de competencia emocional de los enfermos, se haya muy comprometida, por lo
general de forma desconocida para la persona involucrada.
Necesitamos la competencia emocional para
evolucionar, si deseamos protegernos del estrés oculto que provoca riesgos para
la salud y es lo que tenemos que recobrar si queremos curarnos.
Conviene fomentar la competencia emocional en
nuestros hijos como la mejor medicina preventiva.
La
enfermedad logra frecuentemente que las personas se vean bajo una luz distinta
y reevalúen cómo han llevado sus vidas.
En la gran mayoría de las mujeres u hombres a los que se les ha diagnosticado cáncer de mama, la herencia genética juega un papel pequeño o nulo. Es artificial imponer una separación entre las hormonas y sentimientos. Si bien es cierto que las hormonas son promotoras o inhibidoras activas de tumores, no es verdad que sus acciones no tengan nada que ver con el estrés. De hecho, una de las maneras principales en que las emociones actúan biológicamente en el origen del cáncer es a través del efecto de las hormonas. Algunas hormonas -el estrógeno, por ejemplo- inciden en el crecimiento de los tumores, y otras profundizan en el desarrollo del cáncer, reduciendo la capacidad del sistema inmunitario de destruir células malignas.
La producción de hormonas se ve íntimamente afectada
por el estrés psicológico. Las mujeres siempre han sabido que este afecta a su
ovulación y ciclos menstruales; el estrés excesivo puede, incluso, inhibir la
menstruación.
El sistema hormonal del cuerpo está
indisolublemente ligado a los centros del cerebro donde se experimentan e
interpretan las emociones.
A su vez, el aparato hormonal y los
centros emocionales están interconectados con los sistemas inmunitario y
nervioso. No se trata de cuatro sistemas separados, sino de un único
supersistema que funciona como una unidad, para proteger al cuerpo de las
invasiones externas y de alteraciones del estado fisiológico interno.
Es imposible que un estímulo estresante,
ya sea crónico o agudo, actué solo sobre una parte del supersistema.
Lo que le ocurra a uno, afectará al
resto.
Las emociones también modulan
directamente el sistema inmunitario. Unos estudios en el instituto nacional del
cáncer de Estados Unidos, revelaron que las células NK, un importante tipo de
células inmunitarias que comentamos, se encuentran más activas en pacientes de
cáncer de mama que son capaces de
expresar la ira, adoptar una actitud beligerante y que poseen mayor apoyo
social.
Las células NK arman un ataque sobre las
células malignas y consiguen destruirlas.
Los
factores emocionales y el entorno social son más importantes para la
supervivencia que el propio grado de la enfermedad.
El estrés no
es solo una cuestión de estímulos externos, sino también la respuesta
individual. No hay un estresor universal, depende de temperamento innato,
historia vital, patrones emocionales, recursos físicos y mentales y apoyo
social y económico, y varia de persona a persona.
En la mayoría de los cánceres de mama, el
estrés está oculto y es crónico.
Tiene sus raíces en experiencias infantiles, en
la temprana programación emocional y en los estilos de afrontamiento
psicológico inconscientes. Se acumulan a lo largo de toda una vida y vuelven
vulnerables a la enfermedad a algunas personas.
Las investigaciones han sugerido durante
décadas, que las mujeres son más propensas a desarrollar cáncer de mama si sus
infancias estuvieron caracterizadas por una distancia emocional respecto a sus
padres u otras alteraciones durante su crianza, si tienden a reprimir las
emociones, especialmente la ira, si carecen de apoyo social y si son personas
altruistas y compulsivamente cuidadoras. O sea que los factores psicológicos,
tienen mucho peso.
La supresión de la ira y un estilo de respuesta pasivo y estoico
parecen estar asociados a secuelas de riesgo biológico.
La represión de la ira, incrementa el riesgo
de cáncer por la sencilla razón de que magnifica la exposición al estrés
psicológico.
Si las personas no son capaces de reconocer
una intrusión, o son incapaces de autoafirmarse incluso cuando si pueden
reconocer dicha intrusión, es probable que experimenten repetidamente daños
causados por el estrés.
Recordemos que el estrés es una respuesta
fisiológica a una amenaza percibida, ya sea física o emocional,
independientemente de que el individuo reconozca de inmediato esa percepción.
Dr. Gabor Maté
jueves, 26 de febrero de 2026
Entrenar la mente desde el Mindfulness
La mente es como un músculo, su tendencia es a la dispersión, como un mono que salta de rama en rama. Según algunos investigadores, la divagación de la mente ocupa un 47% del tiempo que pasamos despiertos (Killingsworth y Gilbert), otros calculan que la mente produce entre doce mil y setenta mil pensamientos al dia.
miércoles, 18 de febrero de 2026
Actitud ante la enfermedad
Cuando a una persona le dicen que padece una enfermedad, cuando acepta el momento presente y se reconcilia con la realidad, es decir, cuando asume que ésa es la situación, entonces puede deshacerse de cargas enteras de miedo, angustia, ira, frustración y desesperanza.
sábado, 7 de febrero de 2026
Dolor físico- dolor emocional y sufrimiento
jueves, 5 de febrero de 2026
El paradigma de la medicina del futuro
La Psiconeuroendocrinoinmunología (PNEI) será el paradigma de la medicina del futuro. Estudia la relación entre la psiquis, el sistema nervioso, el sistema inmune y el sistema endocrino, y ofrece los conceptos y los componentes para cambiar la forma en que percibimos el mundo.
viernes, 23 de enero de 2026
Comunicación cuerpo-mente
El cuerpo y la mente están íntimamente ligados y su interacción ejerce una profunda influencia sobre la salud y la enfermedad, la vida y la muerte.
Las emociones cuando las reprimimos,
vulneran nuestro sistema inmune, al igual que el estrés y las creencias
insalubres que se instalan en nuestro cerebro en forma de redes neuronales,
determinando respuestas adictivas a
nuestra forma de percibir y reaccionar en la vida.
Podemos adquirir plasticidad biológica
y biopsicosocial para enfrentar situaciones adversas y salir fortalecidos,
resilientes, entendiendo por resiliencia a la capacidad humana de asumir con
flexibilidad situaciones límites y sobreponerse a ellas.
Los tratamientos basados en la medicina biopsicosocial, que atienden
las necesidades emocionales, cognitivas, físicas, nutricionales, vinculares,
inconscientes, espirituales y energéticas, pueden no solo mejorar la vida de
personas con enfermedades graves, sino también modificar el curso de la
enfermedad.
Ya no podemos negar que las actitudes,
hábitos, los estados emocionales (desde el amor hasta la compasión, desde el
miedo hasta el resentimiento o la rabia) pueden desencadenar reacciones que
afectan la química interna, optimizando o debilitando nuestro estado funcional.
Nuestros pensamientos provocan
reacciones químicas que nos llevan a la adicción de comportamientos y
sensaciones. Cuando aprendemos cómo se crean estos hábitos tóxicos que nos
afecta en la vida y que están instalados en nuestras redes neuronales, podemos
acabar con ellos y además, reprogramar y desarrollar nuestro cerebro para que
podamos tener nuevos comportamientos más saludables en nuestra vida.
El cuerpo es como un mensajero, nos
alerta constantemente cuando algo de lo que
pensamos, sentimos o imaginamos, es bueno o no para nuestra biología,
mediante indicadores somáticos de bienestar o malestar, que, generalmente
ignoramos.
Podemos aprender a movilizar sustancias
químicas (drogas endógenas) para mover el curso de nuestra biología.
Estas drogas endógenas (internas)
pueden ser antidepresivos, estimulantes, ansiolíticos, analgésicos, etc., esta
es un área rica y poco difundida.
Para comprender de dónde surgen realmente nuestras limitaciones, es
fundamental conocer nuestra mente.
El Dr. Andrew Newberg, reconocido
neurocientífico norteamericano dice:
“el
cerebro es capaz de realizar millones de cosas diferentes y las personas, en
verdad, deberían saber que son realmente increíbles y que sus mentes también lo
son. Tenemos esta cosa increíble dentro
de nuestra cabeza, que no solo puede
hacer muchas cosas por nosotros y nos puede ayudar a aprender, sino que es
capaz de cambiar y adaptarse y nos puede hacer mejores de lo que somos. Nos
puede ayudar a trascendernos y debe haber algún modo que, de hecho, nos lleve a
un nivel superior de nuestra existencia en la que podamos comprender el mundo y
nuestra relación con las cosas y las personas de una manera más profunda y que
en definitiva podamos darle mayor significado a nuestras vidas y nuestro mundo.
Existe una parte espiritual en nuestro cerebro, se trata de una parte a la cual
todos podemos acceder, es algo que todos podemos hacer.”
Nuestra mente y nuestro cuerpo, constantemente están comunicándose, esta
interacción la estudia la Psiconeuroendocrinoinmunología (PNEI), esta estudia
la interacción entre los procesos de adaptación de conducta, neuronales,
neuroendocrinos y los inmunológicos. Su premisa principal es que la homeostasis
(equilibrio) es un proceso integrado que involucra las interacciones entre los
sistemas nervioso, endócrino e inmune.
Toda esta extraordinaria maquinaria
neuro- inmuno- endocrinológica, está permanentemente a nuestras órdenes y cada
uno de nosotros de manera consciente o no, la estamos movilizando a cada
segundo.
Es el cerebro el que coordina y envía
sus órdenes a través del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, y pone en marcha
la secreción de una serie de hormonas que alcanzan los linfocitos que, en
última instancia son los que transmiten las órdenes. Y también a través del
sistema nervioso autónomo, simpático y parasimpático, al que el sistema
inmunitario presta especial atención y escucha en cada momento.
De manera que podemos darnos cuenta de
cómo nuestros pensamientos, actitudes y creencias, crean las condiciones de
nuestro cuerpo a través de los sistemas de control homeostático de nuestro
organismo: sistema nervioso, endocrino e inmunitario.
El estado emocional, filtra y modula la
percepción para que los estímulos ambientales, los factores psicosociales, los
estresores que vivimos, y en general todo aquello que nos importa, produzca
determinado tipo de impacto sobre el
cerebro.
El cerebro, utiliza por un lado el eje
hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y por el otro el sistema nervioso vegetativo
para comunicarse con el sistema inmunitario. Los intermediarios son las
moléculas de información que corresponden a cada uno de estos tres sistemas, o
sea, las hormonas del sistema endocrino, los neurotransmisores del sistema
nervioso y las linfosinas del sistema inmunitario.
En el sentido inverso, este proceso
también funciona: el sistema inmunitario recoge información periférica de
estresores infecciosos o inflamatorios radicados en cualquier órgano o tejido
del cuerpo, y a través de la secreción de linfosinas, informa lo que ocurre al
cerebro, el cual con la información adecuada,
pone en marcha las correspondientes estrategias de comportamiento.
Es decir que, los efectos del
comportamiento, están mediados por las linfocinas del sistema inmunitario ya
sea el estresor infeccioso-inflamatorio (en
el sentido sistema inmunitario-sistema nervioso), o bien ambiental
psicológico (en el sentido sistema
nervioso-sistema inmunitario), pero en ambos casos, el sistema de respuesta
es común.
El sistema nervioso modula el sistema
inmunitario y viceversa, el sistema inmunitario
informa al sistema nervioso.
Los tres sistemas forman un triángulo
de información en donde el sistema nervioso impone su melódico ritmo, el del
día y la noche, el de luz y oscuridad,
el de bienestar y malestar, el de placer y dolor, el de los periodos de
sueño y el ritmo circadiano. Y esa
conversación no cesa nunca, ni siquiera cuando dormimos y mucho menos cuando
quedamos sin energía; justo en estos casos es cuando nuestro sistema
inmunitario se apodera de ella totalmente, justo cuando más la necesita para
desempeñar su trabajo en estos momentos de depresión o enfermedad.
El sistema inmunitario, no solo escucha, sino
que reacciona al diálogo emocional. Es nuestro cuidador, siempre que se le
permita disponer de la información adecuada. El sistema inmune es nuestro sexto
sentido, el que informa a nuestro organismo de lo que no se puede ver, ni
tocar, ni oír, ni degustar, ni oler; pero si es capaz de traducir información
ambiental al cerebro que no es captada por otros sentidos, estímulos no
cognitivos o premonición de enfermedad, por ejemplo.
Los sistemas nervioso, endocrino e
inmunitario, encarnan en nuestro organismo literalmente, el proceso de la
consciencia que queda impreso en nuestros tejidos a partir de nuestras
vivencias, así entendemos como una persona puede enfermar a causa del
sufrimiento y también como la comprensión psicológica del mensaje que trae cada
enfermedad grave, ilumina el área del cerebro que enviará sus órdenes al
sistema inmune para que ponga fin al conflicto.
Es fácil comprender entonces como
diversos factores psicosociales (el
estrés, el tipo de personalidad, la preocupación y el modo de afrontarla, el
apoyo social, el duelo, los conflictos de pareja, la depresión, la ansiedad, un
desastre natural, o un conflicto bélico), producen un patrón de impacto
específico sobre el sistema inmunitario, que termina elaborando el patrón de
respuesta inmune propio de cada individuo. Una forma de llevar la experiencia
en el organismo que, sumado a factores como la edad, la dieta, y otros,
dependerá su estado de salud o enfermedad y en caso de esta última, que tipo de
enfermedad y qué órgano se afectará, según la vulnerabilidad de cada uno frente
al impacto físico y/o emocional.
Las expresiones afecto-cognitivas,
influyen en el sistema de defensas. Sabemos que al disminuir la ansiedad,
aumenta de manera específica los linfocitos CD4, que confesar secretos de
culpabilidad produce un aumento
del número de linfocitos o que las hormonas del estrés disminuyen las células
NK (“asesinas naturales”) circulantes.
Toda memoria es biocognitiva y la mente
se encuentra en todo el cuerpo. El hecho de que el sistema inmune tenga la
capacidad de aprender parámetros afectivos y cognitivos, explica por qué el
recuerdo reproduce respuestas fisiológicas. (S. M. Maruso)
El sistema inmunitario se pasa el
tiempo escuchando nuestros monólogos y su respuesta está condicionada por los
pensamientos.
Las células que defienden el
organismo tienen receptores de las sustancias que el cerebro produce con cada
pensamiento.