El psicólogo Ross Buck distingue entre tres
niveles de respuestas emocionales, a las que llama emoción I, emoción II y emoción III, clasificadas según el grado de conciencia
que tenemos de ellas.
La
emoción III se refiere a la experiencia subjetiva que
procede del interior de nosotros mismos, el cómo nos encontramos. En esta
experiencia existe una conciencia consciente de un estado emocional como la
ira, la alegría, el miedo, tristeza, junto a las sensaciones corporales que al
acompañan.
La
emoción II comprende muestras de emoción vista por
otros, con o sin nuestro conocimiento. Se muestra a través del lenguaje
corporal, “señales no verbales, rasgos distintivos, tonos de voz, gestos,
expresiones faciales, breves contactos e incluso el ritmo de la narración y las
pausas entre palabras.
Pueden tener consecuencias fisiológicas, a
menudo ajenas a la conciencia de los participantes”.
Es bastante común que una persona no sea
consciente de las emociones que está comunicando, aunque los que estén
alrededor pueden leerlo claramente.
Nuestras muestras de emoción II son las que
más afectan a otras personas, independientemente de nuestras intenciones. Las
muestras de emoción II de un niño son las que los padres menos toleran si los
sentimientos que expresan les despiertan demasiada ansiedad.
Un niño cuyos padres castigan o reprimen
estas muestras de emoción, quedará condicionado a responder a las emociones
similares en el futuro, por medio de la represión.
Esta autoinhibición sirve para evitar la
vergüenza y el rechazo y bajo tales condiciones, “la competencia emocional se verá
comprometida…dice Buck, el individuo, no sabrá en el futuro cómo manejar
efectivamente sus sentimientos efectivamente y sus deseos.
El resultado será una especie de impotencia,
que real o percibida, es una causa poderosa de respuestas biológicas al estrés.
La impotencia aprendida, es un estado
psicológico en el que los sujetos no se liberan de situaciones estresantes,
incluso cuando tienen la ocasión física de hacerlo. Se encuentran en
situaciones de impotencia aprendida, por ejemplo, cuando alguien se siente
atrapado en una relación disfuncional o de abuso, en un trabajo estresante o en
un estilo de vida que les niega su verdadera libertad.
La
emoción I comprende los
cambios psicológicos provocados por estímulos emocionales, como descargas del
sistema nervioso, la producción hormonal y los cambios inmunitarios que
constituyen la reacción de lucha o huida en respuesta a una amenaza.
Estas respuestas no responden a un control
consciente y no pueden ser observadas directamente desde fuera, sencillamente
ocurren.
Pueden producirse ante la falta de conciencia
subjetiva o expresión emocional.
Estas mismas respuestas al estrés, que son
flexibles en situaciones de amenaza aguda, son dañinas cuando se producen de
forma crónica y sin que el individuo sea capaz de actuar para derrotar o evitar
la amenaza percibida.
La autorregulación, dice Ross Buck, consiste
en parte, en la obtención de competencia
emocional, que se define como la habilidad de afrontar de manera
apropiada y satisfactoria los propios sentimientos y deseos.
La
competencia emocional, presume capacidades que a menudo faltan en nuestra sociedad, donde la
indiferencia (la ausencia de emoción) es la ética predominante, donde el “no
seas tan sentimental” y el “no seas tan sensible”, es lo que oyen a menudo los
niños y donde la racionalidad se considera generalmente la mejor antítesis a la
emotividad.
La competencia emocional exige:
- la capacidad de sentir nuestras emociones, de modo que seamos siempre conscientes de cuándo experimentamos estrés;
- - la
capacidad de expresar nuestras emociones de manera efectiva y, por lo tanto,
afirmar nuestras necesidades y mantener la integridad de nuestras fronteras
emocionales;
- - la
facultad de distinguir entre reacciones psicológicas pertinentes para la
situación presente y aquellas que representan vestigios del pasado. Lo que
queremos y le exigimos al mundo, debe adecuarse a nuestras necesidades
presentes, no a las necesidades inconscientes e insatisfechas de nuestra
infancia. Si se emborrona la distinción
entre pasado y presente, percibiremos una pérdida o amenaza de pérdida, allí
donde ésta no existe;
-
la
conciencia de aquellas necesidades genuinas que sí requieren satisfacción, en
vez de reprimirlas con tal de recibir la aceptación o aprobación de otros.
El estrés, se da ante la ausencia de estos
criterios, y conduce a la alteración de la homeostasis. La alteración crónica
lleva a la mala salud. En cada una de las historias de enfermedad por lo general al menos uno de los aspectos
de competencia emocional de los enfermos, se haya muy comprometida, por lo
general de forma desconocida para la persona involucrada.
Necesitamos la competencia emocional para
evolucionar, si deseamos protegernos del estrés oculto que provoca riesgos para
la salud y es lo que tenemos que recobrar si queremos curarnos.
Conviene fomentar la competencia emocional en
nuestros hijos como la mejor medicina preventiva.
La
enfermedad logra frecuentemente que las personas se vean bajo una luz distinta
y reevalúen cómo han llevado sus vidas.
En la gran mayoría de las mujeres u hombres a los que se les ha diagnosticado cáncer de mama, la herencia genética juega un papel pequeño o nulo. Es artificial imponer una separación entre las hormonas y sentimientos. Si bien es cierto que las hormonas son promotoras o inhibidoras activas de tumores, no es verdad que sus acciones no tengan nada que ver con el estrés. De hecho, una de las maneras principales en que las emociones actúan biológicamente en el origen del cáncer es a través del efecto de las hormonas. Algunas hormonas -el estrógeno, por ejemplo- inciden en el crecimiento de los tumores, y otras profundizan en el desarrollo del cáncer, reduciendo la capacidad del sistema inmunitario de destruir células malignas.
La producción de hormonas se ve íntimamente afectada
por el estrés psicológico. Las mujeres siempre han sabido que este afecta a su
ovulación y ciclos menstruales; el estrés excesivo puede, incluso, inhibir la
menstruación.
El sistema hormonal del cuerpo está
indisolublemente ligado a los centros del cerebro donde se experimentan e
interpretan las emociones.
A su vez, el aparato hormonal y los
centros emocionales están interconectados con los sistemas inmunitario y
nervioso. No se trata de cuatro sistemas separados, sino de un único
supersistema que funciona como una unidad, para proteger al cuerpo de las
invasiones externas y de alteraciones del estado fisiológico interno.
Es imposible que un estímulo estresante,
ya sea crónico o agudo, actué solo sobre una parte del supersistema.
Lo que le ocurra a uno, afectará al
resto.
Las emociones también modulan
directamente el sistema inmunitario. Unos estudios en el instituto nacional del
cáncer de Estados Unidos, revelaron que las células NK, un importante tipo de
células inmunitarias que comentamos, se encuentran más activas en pacientes de
cáncer de mama que son capaces de
expresar la ira, adoptar una actitud beligerante y que poseen mayor apoyo
social.
Las células NK arman un ataque sobre las
células malignas y consiguen destruirlas.
Los
factores emocionales y el entorno social son más importantes para la
supervivencia que el propio grado de la enfermedad.
El estrés no
es solo una cuestión de estímulos externos, sino también la respuesta
individual. No hay un estresor universal, depende de temperamento innato,
historia vital, patrones emocionales, recursos físicos y mentales y apoyo
social y económico, y varia de persona a persona.
En la mayoría de los cánceres de mama, el
estrés está oculto y es crónico.
Tiene sus raíces en experiencias infantiles, en
la temprana programación emocional y en los estilos de afrontamiento
psicológico inconscientes. Se acumulan a lo largo de toda una vida y vuelven
vulnerables a la enfermedad a algunas personas.
Las investigaciones han sugerido durante
décadas, que las mujeres son más propensas a desarrollar cáncer de mama si sus
infancias estuvieron caracterizadas por una distancia emocional respecto a sus
padres u otras alteraciones durante su crianza, si tienden a reprimir las
emociones, especialmente la ira, si carecen de apoyo social y si son personas
altruistas y compulsivamente cuidadoras. O sea que los factores psicológicos,
tienen mucho peso.
La supresión de la ira y un estilo de respuesta pasivo y estoico
parecen estar asociados a secuelas de riesgo biológico.
La represión de la ira, incrementa el riesgo
de cáncer por la sencilla razón de que magnifica la exposición al estrés
psicológico.
Si las personas no son capaces de reconocer
una intrusión, o son incapaces de autoafirmarse incluso cuando si pueden
reconocer dicha intrusión, es probable que experimenten repetidamente daños
causados por el estrés.
Recordemos que el estrés es una respuesta
fisiológica a una amenaza percibida, ya sea física o emocional,
independientemente de que el individuo reconozca de inmediato esa percepción.
Dr. Gabor Maté
No hay comentarios:
Publicar un comentario