El cuerpo entra en inflamación cuando la mente no descansa.
La mente no descansa por:
- pensamientos constantes,
- preocupación continua,
- hiperalerta mental incluso en reposo
El cuerpo interpreta ese estado como una amenaza persistente. Aunque no exista daño físico ni infección, el organismo responde activando mecanismos defensivos que, con el tiempo, derivan en inflamación crónica de bajo grado.
Este proceso es silencioso, progresivo y profundamente desgastante.
El origen está en el sistema nervioso.
Una mente que “no se apaga” mantiene activado de forma sostenida el sistema nervioso simpático, encargado de la respuesta de alerta.
El cuerpo no diferencia entre una amenaza real y una amenaza mental constante. Como resultado, se liberan de manera continua cortisol y adrenalina, hormonas diseñadas para respuestas cortas, no para estados prolongados.
En condiciones normales, el cortisol ayuda a controlar la inflamación. Sin embargo, cuando permanece elevado durante largos periodos, pierde su efecto regulador y comienza a desorganizar la respuesta inmune. El sistema inmunológico entra en un estado de activación parcial continua: no combate una amenaza concreta, pero tampoco se desactiva.
Este estado mantiene encendidas vías inflamatorias sin un propósito claro.
A nivel inmunológico, esta activación constante altera la producción de citocinas, moléculas que regulan la inflamación.
Se incrementan las citosinas (citoquinas) proinflamatorias y se reduce la señal de resolución inflamatoria.
El resultado es una inflamación silenciosa, que no causa fiebre ni dolor agudo, pero deteriora tejidos, afecta la reparación celular y altera el funcionamiento de órganos clave.
El intestino es uno de los principales afectados.
La mente en estrés continuo altera el eje intestino-cerebro, aumentando la permeabilidad intestinal.
Fragmentos bacterianos y toxinas atraviesan la barrera intestinal y activan al sistema inmune, amplificando la inflamación sistémica. Dado que una gran parte de las defensas del cuerpo reside en el intestino, este proceso se convierte en un potente motor inflamatorio.
A nivel celular, la inflamación crónica deteriora la función mitocondrial.
Las mitocondrias producen menos energía y más radicales libres en entornos inflamados.
Esto genera fatiga persistente, dolor difuso, rigidez muscular y sensación de agotamiento general, incluso sin esfuerzo físico.
El cuerpo entra en un estado de desgaste metabólico.
El sueño, clave para apagar la inflamación, también se ve afectado. Una mente que no descansa fragmenta el sueño profundo, fase en la que se regulan las respuestas inmunes y se reduce la inflamación.
Sin este descanso reparador, el cuerpo no logra desactivar los procesos inflamatorios, perpetuando el ciclo mente activa → inflamación → cansancio → más activación mental.
El cerebro tampoco queda al margen.
La inflamación de bajo grado afecta la comunicación neuronal, reduce la plasticidad cerebral y favorece síntomas como niebla mental, irritabilidad, dificultad para concentrarse y alteraciones del estado de ánimo.
Estos síntomas refuerzan la rumiación mental, cerrando un círculo inflamatorio mente-cuerpo.
Lo más engañoso, es que este proceso ocurre sin señales claras.
La persona puede sentirse “funcional”, pero vive cansada, tensa, inflamada y con molestias difusas que no tienen una causa aparente en los estudios médicos iniciales.
Con el tiempo, esta inflamación silenciosa aumenta el riesgo de enfermedades metabólicas, cardiovasculares, autoinmunes y neurodegenerativas. No porque la mente “cause” directamente estas enfermedades, sino porque mantiene al cuerpo en un entorno inflamatorio constante.
La salida comienza cuando la mente aprende a descansar de verdad.
Pausas mentales reales, reducción de estímulos, respiración profunda, movimiento consciente, sueño profundo, momentos de silencio, yoga, práctica de atención plena, permiten que el sistema parasimpático se active y que la inflamación disminuya de forma natural.
En síntesis, cuando la MENTE no descansa, el cuerpo entra en inflamación como mecanismo de defensa.
No es debilidad ni exageración: es una respuesta biológica a una alerta constante.
Calmar la mente no es solo bienestar emocional, es una intervención directa para reducir la inflamación.
Fuente Té Dra. K
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