sábado, 12 de septiembre de 2026

Epigenética- Dr. Gabor Maté

 

Los procesos genéticos actúan sobre los cromosomas, entregando y traduciendo mensajes del entorno que “dicen” a los genes qué hacer. Todo esto ocurre sin alterar de ninguna manera los genes en sí mismos. Martha Henriques de la BBC lo explica así: la epigenética ofrece “una forma de adaptarse a las condiciones cambiantes sin necesidad de un cambio más permanente en nuestro genoma.

No es que los genes no tengan importancia; claro que la tienen, pero no pueden dictar siquiera los comportamientos más sencillos y, mucho menos, ser responsable de la mayoría de las enfermedades ni encerrar posibles curas.

Lejos de ser los árbitros autónomos de nuestro destino, los genes responden a su entorno; no podrían funcionar sin señales ambientales. De hecho, la vida sería imposible si no fuera por los mecanismos epigéneticos que “encienden” o “apagan” los genes en respuesta a señales procedentes de dentro y fuera del cuerpo.


La epigenética renueva nuestra comprensión del desarrollo humano desde el embrión hasta el adulto, e incluso la forma en que nuestra especie llego aquí.

La epigenética no niega la evolución sino que forma parte de ella, pero exige una nueva forma de abordar su funcionamiento.

La nueva biología mejora la visión darwiniana estándar de las mutaciones espontáneas y la selección aleatoria como motores de las adaptaciones de las especie; demuestra que las circunstancias pueden configurar la forma en que los genes se ajustan al entorno.

Dicho de otra manera, nuestras vidas son lo que sucede cuando la vida actúa sobre la vida.

Un estudio demostró que la calidad de la atención materna temprana, tiene un efecto causal en la capacidad bioquímica del cerebro de los hijos a la hora de responder al estrés de una manera saludable en la edad adulta. Los marcadores epigéneticos clave (las formas en que se expresaban ciertos genes) eran diferentes en los cerebros de ratas (el experimento se hizo con ratas) que habían recibido más o menos contacto y atención maternos. La descendencia a su vez, trasmitió a sus vástagos el tipo de maternidad que se le había proporcionado.

La calidad de la atención materna afecta la actividad de los receptores de estrógenos (una hormona femenina crucial) de las hijas con ramificaciones que se extienden a las pautas de maternidad durante generaciones.

O sea que se determinó que ni los efectos fisiológicos, ni los conductuales de las pautas de crianza temprana, son genéticos, es decir, no se transmiten a través del llamado código genético, que permaneció inalterado, sino que eran epigéneticos, esto es, determinados por la forma en que los diversos tips de crianza materna influían en la actividad genética del cerebro de la descendencia. (el comportamiento materno concreto rastreado por los investigadores era lo “amorosamente” que las madres “aseaban” o lamían, a sus bebés)


Nadie es su enfermedad y nadie se la ha provocado a sí mismo, al menos en un sentido consciente, deliberado o culpable. La enfermedad es el resultado de generaciones de sufrimiento, de condiciones sociales, de condicionamiento cultural, de trauma infantil, de cómo la fisiología se lleva la peor parte de las tensiones y del historial emocional, y de la interacción de todo ello con el entorno físico y psicológico. Con frecuencia, es una manifestación de rasgos de personalidad arraigados, sí, pero esa personalidad no es lo que somos, igual que no lo son las enfermedades a las que puede predisponernos.

Ahora, la enfermedad no es una entidad fija, sino un proceso dinámico que expresa vidas reales en situaciones concretas, podrían surgir nuevos caminos hacia la curación ante un cambio de perspectiva paradigmático.


¿Qué pasaría si viéramos la enfermedad como un desequilibrio de todo el organismo, no solo como una manifestación de moléculas, células u órganos invadidos o desnaturalizados por la patología? 
¿y si aplicáramos los hallazgos de la investigación y la ciencia occidentales en un marco de sistemas, buscando todas las conexiones y condiciones que contribuyen a la enfermedad y a la salud?


Esta reformulación revolucionaría la forma en que se practica la medicina. En lugar de tratar la enfermedad como una entidad sólida que impone su aviesa voluntad al cuerpo, estaríamos ante un proceso que no se puede desvincular de nuestra historia personal, ni del contexto y la cultura en los que vivimos. Es un cambio de enfoque muy recomendable, y no solo porque tiene en cuenta la biología interpersonal.

Cuando dejamos de ver la enfermedad como algo concreto y autónomo con una trayectoria predeterminada y cuando contamos con la ayuda adecuada y con la voluntad de mirar tanto hacia dentro como hacia fuera, podemos empezar a tomar cartas en el asunto.

A fin de cuentas, la enfermedad es una manifestación de algo en nuestra vida y no, simplemente su cruel disruptor, tenemos opciones: podemos buscar nuevas comprensiones, plantear nuevas preguntas, quizá tomar nuevas decisiones. Podemos ocupar el lugar que nos corresponde como participantes activos en el proceso, en lugar de seguir siendo sus víctimas, impotentes salvo por nuestra confianza en los hacedores de milagros médicos.

La enfermedad en sí misma es tanto la culminación de lo que sucedió anteriormente como un indicador de la forma en que podrían desarrollarse las cosas en el futuro. Nuestra dinámica emocional, incluida nuestra relación con nosotros mismos, puede ser uno de los poderosos determinantes de ese futuro. Por ejemplo, se ha demostrado que una actitud de impotencia y desesperanza en el momento del diagnóstico ejerce un marcado efecto adverso sobre la supervivencia en mujeres con cáncer de mama, incluso diez años después. Por el contrario, una reducción de los síntomas de depresión, se asocia a una supervivencia más prolongada.

El Dr. Steven Cole, un prolífico investigador cuyo trabajo ha arrojado una intensa luz sobre el proceso de la enfermedad, dice: ahora sabemos que la enfermedad es un proceso a largo plazo, un proceso fisiológico que tiene lugar en nuestro cuerpo, y nuestra forma de vivir, influye en la rapidez con que alcanza el nivel clínico.

Cuanto más entendemos sobre la enfermedad, menos clara se hace la distinción entre tenerla y no tenerla.

Dentro del mito de la normalidad, un matiz de este tipo es prácticamente incomprensible: una persona puede estar “enferma” o “sana”. Pero en realidad no existen líneas divisorias claras entre la enfermedad y la salud. Nadie contrae de repente una enfermedad autoinmune, ni contrae cáncer, aunque la afección puede darse a conocer de forma repentina y con un tremendo impacto.

La enfermedad es un proceso a largo plazo.

Steve Cole: para que alguien contraiga una enfermedad, toda una serie de cosas tienen que haber “salido mal”. Algunas pueden estar relacionadas con sus genes; otras con la exposición a patógenos. Algunas están relacionadas con dificultades vitales que pueden desgastar el cuerpo y los que de otro modo serian tejidos resistentes. Es mejor pensar en la causa como una combinación de factores...

Una de las cosas que tienen en común muchas enfermedades es la inflamación, que actúa como una especie de fertilizante para el desarrollo de la enfermedad. Se ha descubierto que cuando la persona se siente amenazada, insegura, sobre todo durante un período prolongado, su cuerpo está programado para activar los genes inflamatorios.


Una visión mas integral de la salud- Dr. Gabor Maté

 

Cuando la Asociación estadounidense de Psiquiatría publicó en 2013 la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), el Dr. David Kupfer, jefe del grupo de trabajo responsable de su elaboración, vino a decir algo parecido: “En el futuro –afirmó en un comunicado de prensa- esperamos poder identificar trastornos mediante marcadores biológicos y genéticos que proporcionen diagnósticos precisos de absoluta fiabilidad y validez”. Sin embargo, esta promesa que nos hacen desde la década de 1970 sigue decepcionantemente lejos de cumplirse.

Dr. Gabor Maté


Gabor Maté: ¿Por qué persevero en mi crítica del modelo del diagnóstico? porque los diagnósticos no revelan nada sobre los sucesos y las dinámicas subyacentes que animan las percepciones y experiencias en cuestión. Nos hacen centrarnos en los efectos y no es sus innumerables causas.

Puede haber múltiples razones por las que un niño tenga problemas para prestar atención o este inquieto, desconectado o agitado: ansiedad, estrés en casa, aburrimiento con un material que no encuentra interesante, resistencia a las limitaciones de estar sentado en el aula, miedo al bullyng, un maestro autoritario, trauma e incluso, lo crean o no, el mes de nacimiento.

Un estudio de la universidad de la Columbia británica, analizó el registro de casi un millón de recetas médicas a niños de edad escolar durante 11 años y determinó que los niños nacidos en diciembre tenían un 39% más de posibilidades de que les diagnosticaran TDAH que sus compañeros de clases nacidos en el mes de enero anterior, y es porque tenían un retraso de once meses en el desarrollo del cerebro. No los medicaban por “un trastorno cerebral genético” sino por un retraso natural en la maduración de los circuitos cerebrales de atención y autorregulación.


El Dr. Perry, especialista en trauma: tardé poco en darme cuenta de que los diagnósticos no guardaban la menor relación con la fisiología, que solo eran descriptivos y que había cientos de explicaciones fisiológicas para un problema de atención, por ejemplo. y sin embargo, la profesión actuaba como si estas etiquetas descriptivas fueran realmente una cosa… si investigábamos, si usábamos estos descriptores vacíos que llamamos “diagnósticos” y a continuación estudiábamos las intervenciones y los resultados, solo obtendríamos basura y así ha sido. Perry insiste en que incluso jugar al juego del DSM es un absoluto error, se negó a contribuir en una de las ediciones del manual. Podemos hacer un trabajo clínico mejor sin recurrir a los diagnósticos, hace 15 años que no lo hacemos.

Dr. Gabor Maté: cuando trabajo con cualquier afección relacionada con la salud mental, con la depresión, la ansiedad, el TDAH o la adicción, no me interesa gran cosa el diagnóstico formal como tal. Mi enfoque del “diagnóstico” se centra en los problemas concretos a los que la persona se enfrenta en su vida y en los traumas que impulsan esos problemas. En cuanto a las “recetas” me interesa sobre todo lo que promoverá la curación de las heridas psíquicas representadas por los patrones traumáticos en curso. No estoy en contra de los tratamientos fármacos, pueden beneficiar usados inteligentemente, para aliviar y mejorar la química, pero que un medicamento tenga efecto positivo, no revela nada sobre el origen de un síntoma.

En el cerebro hay 50 neurotransmisores o más cuyas complejas interacciones estamos comenzando a explorar, por no hablar de la posibilidades casi infinitas inherentes a la intersección de la experiencia con la biología corporal y cerebral durante toda la vida. Una vez más, la fisiología del cerebro es una manifestación y un producto de la vida, en movimiento y en contexto.

Bruce Perry: el cerebro es un órgano histórico. Almacena nuestra narrativa personal, por medio de su química y sus redes neuronales, no es de extrañar que las experiencias difíciles puedan resultar en una perturbación de la neurobiología. Incluso cuando los escáneres cerebrales muestren ciertas anomalías, como sucede en muchas personas traumatizadas, eso no demuestra que el trastorno tenga un efecto neuroquímico de origen.

Estudios revelan que la genética del cerebro no causa la enfermedad en muchas ocasiones, en la mayoría, ni las diferencias neurofisiológicas; todo es resultado de la experiencia vital.

La profesora Jehannine Austin, académica investigadora, dirige una clínica de asesoramiento genético sobre salud mental en Vancouver. “Todo el mundo tiene algunos genes que predisponen a la enfermedad mental, pero están muy lejos de ser su causa… Literalmente lo que separa a quienes los sufren de los que no, es lo que les ocurre a lo largo de su vida.”


Si la curación es el desierto de los síntomas o afecciones que perjudican la vida, la sanación es el proceso de reunirnos con las cualidades internas que siguen dentro de nosotros como posibilidades inherentes, como creo que siempre ocurre, y que hacen que valga la pena vivir a vida.

No sanamos “para “curarnos, aunque esté presente ese comprensible deseo. La sanación se entiende mejor como un fin en sí mismo. El camino hacia la integridad comienza por el reconocimiento del sufrimiento propio y del sufrimiento del mundo. No significa quedarse atrapados en un vórtice interminable de dolor, melancolía y especialmente victimista, una nueva y rígida identidad basada en el “trauma” (o para el caso, en la sanación) puede constituir otra trampa.

La verdadera sanación consiste, simplemente en abrirnos a la verdad de nuestra vida, en el pasado y presente, tan clara y objetivamente como podamos. Reconocemos dónde resultamos heridos y en la medida de lo posible, realizamos una auditoria sincera de los impactos de esas lesiones, ya que han afectado a nuestra vida y a la de quienes nos rodean.

Esto puede ser difícil, por innumerables motivos comprensibles. Da igual el grado de incomodidad que tapemos con ideas falsas, la verdad duele y no nos gusta tener dolor si podemos evitarlo, ni siquiera cuando sentimos que podría esperarnos algo mejor al otro lado.

Es muy difícil mirar la vida a la cara. Muchos no estaremos listos para buscar la verdad hasta que hayamos llegado a la conclusión de que el precio de no buscarla es demasiado alto, o hasta que nos familiaricemos lo suficiente con el doloroso anhelo de lo real.

Hay excepciones, pero no he visto a nadie que no se haya visto impulsado al camino del crecimiento y el cambio por algún revés o pérdida, por alguna enfermedad, angustia o alineación. La vida ya se encarga de llevarnos el sufrimiento necesario hasta la puerta. La tendencia es a la racionalización, somos hermanos lingüísticos.

La verdad de la que hablo es más modesta y realista: una mirada clara a cómo son las cosas en este momento, esta verdad marca el comienzo de la sanación, para llegar a él tendremos que utilizar algo más lleno de recursos que la cabeza.

El intelecto se convierte en una herramienta mucho más inteligente cuando permite que hable el corazón, cuando se abre a eso que llevamos dentro que se hace eco de la verdad, en lugar de intentar razonar con ella.

Si esto parece poco científico recuerda que el corazón es un órgano vivo que late, el Dr. Stephen Porges, ha demostrado que el circuito neuronal del compromiso social y el amor está íntimamente conectado con el corazón y sus funciones. El corazón además tiene su propio sistema nervioso; también los intestinos tienen neuronas. El corazón sabe cosas, igual que saber algo “visceralmente” también es saberlo. El plexo nervioso del intestino se ha llamado segundo cerebro, al igual que el del corazón.

Entonces podemos hablar de tres cerebros destinados a funcionar en consonancia, conectados mediante el sistema nervioso autónomo. Sin ese conocimiento del corazón y del intestino, a menudo funcionamos como reptiles geniales, sin embargo, tampoco podemos hacer caso omiso a la mente, ya que ahí es donde se desarrolla gran parte de la acción.

Si el corazón es nuestra mejor brújula en el camino hacia la sanación, la mente (consciente e inconsciente) es el territorio por el que hay que desplazarse. La sanación los alinea y los lleva a la cooperación, muchas veces después de una vida en la que uno se esconde tras el otro o lo pasa por alto.

Todo lo que somos surge de nuestro pensamientos (Buda hace 2500 años)

Podemos aprender a tomar las riendas de la mente con la que creamos nuestro mundo en lo sucesivo. La capacidad de sanación surge de la voluntad de hacer, precisamente es, de asumir esa responsabilidad. Esa voluntad no es una declaración que se hace en un momento determinado, sino un compromiso momento tras momento, que puede regenerarse cuando perdemos el contacto con él.

Es seguir recordándonoslo.

No se trata de una ingenuidad autoimpuesta ni al despreocupado pensamiento positivo. Se trata de la voluntad de replantearnos toda nuestra visión. Si la mente herida puede ser tiránica, es un tirano que anhela secretamente que lo depongan. El cambio no se da en la historia de la persona, sino en su forma de relacionarse con ella.


viernes, 4 de septiembre de 2026

La meditación profunda y la oración.


La meditación profunda y la oración.

Activación de regiones cerebrales implicadas en la regulación emocional, la atención y la empatía

Las investigaciones realizadas mediante tomografías SPECT (tomografía por emisión de fotón único) y fMRI (resonancia magnética funcional) muestran que la oración —especialmente durante la postración— aumenta la actividad en la corteza prefrontal (responsable de la función ejecutiva, la atención y el control de los impulsos) y reduce la actividad en la amígdala (responsable del procesamiento de emociones como la ansiedad, la agresividad y el miedo), lo que conduce a una mejor regulación emocional y a una mayor capacidad para la toma de decisiones.

Además, la meditación profunda y la oración se han relacionado con una disminución de la actividad y del flujo sanguíneo en el lóbulo parietal (esta parte del cerebro permite la percepción espacial y la coordinación mano-ojo), lo que se asocia con una reducción del sentimiento de identidad propia y una mayor sensación de conexión con un poder superior.

Un antídoto contra la divagación mental, la ensoñación y la rumiación

La red neuronal por defecto (RND) es un conjunto de regiones interconectadas del cerebro. Se sabe que se activa cuando una persona se dedica a rumiar sobre experiencias pasadas, a pensar en sí misma o a imaginar acontecimientos futuros, y suele desactivarse cuando nos dedicamos a actividades más centradas y orientadas a objetivos. La RND también desempeña un papel en la creación de un diálogo interno coherente (narrativa interna), que es vital para el establecimiento de un sentido del yo. Centrarse intencionadamente en la repetición la oración o la meditación, da lugar a una disminución de la actividad de la RND.


El eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA)

El HPA es el principal sistema neuroendocrino que se activa ante el estrés, provocando la liberación de hormonas del estrés en el torrente sanguíneo. La activación crónica de este sistema puede dar lugar a diversos problemas de salud física y mental, como trastornos metabólicos, infertilidad, ansiedad y depresión.

Además, la oración y la meditación de atención plena tienen un gran potencial para modular el HPA, reducir los niveles de cortisol y promover la producción de serotonina en el cerebro.


Aumenta la producción de serotonina y dopamina

La oración actúa como una práctica mental que estimula la liberación de las “hormonas del bienestar”, llamadas serotonina y dopamina. Mientras que la serotonina es un neurotransmisor que influye en el estado de ánimo, la cognición y la regulación emocional, la dopamina activa el sistema de placer y recompensa, lo que refuerza las prácticas espirituales y proporciona una sensación de satisfacción, motivación y logro. Se sabe que los niveles bajos de dopamina y serotonina en el cerebro desencadenan y mantienen los síntomas depresivos en una persona.

La oración y la meditación regulares tienen un efecto revitalizador sobre las hormonas del bienestar y aumentan su disponibilidad, lo que hace que, con el tiempo, la persona se vuelva emocionalmente resistente a las presiones y las decepciones y menos propensa a reaccionar ante el estrés.

Neuroplasticidad autodirigida: la capacidad del cerebro para reestructurarse y reorganizarse mediante la formación de nuevas conexiones neuronales.


¿Cambia la oración, literalmente, la estructura y la función de nuestro cerebro?

La respuesta es: Sí, puede hacerlo

La práctica regular de la oración estimula la neuroplasticidad al fortalecer las conexiones neuronales y provocar cambios estructurales en las regiones cerebrales relacionadas con la concentración, la regulación emocional, la toma de decisiones, la compasión, la memoria y el lenguaje.

Es un hecho científico bien conocido que cada comportamiento, acción o pensamiento intencionado que se repite tiende a fortalecer una conexión neuronal, lo que hace que ese comportamiento o patrón de pensamiento se convierta en un hábito.

En un estudio de neuroimagen se descubrió que las personas que practicaron meditación de atención plena durante ocho semanas mostraron un aumento de la concentración de materia gris (que desempeña un papel clave en la memoria, la inteligencia, el procesamiento emocional y la percepción), en el hipocampo (responsable de la memoria, la motivación y el aprendizaje), y una disminución de la materia en la amígdala (responsable del estrés y el miedo).


domingo, 9 de agosto de 2026

Candace Pert- Psiconeuroendocrinoinmunología


La doctora Candace Pert es una psicofarmacóloga de prestigio internacional. Dentro de comunidad científica, se la conoce fundamentalmente por su descubrimiento del receptor opiáceo en 1973, punto de partida a una sucesión de hallazgos de otros receptores y sus neurotransmisores, con el consiguiente impacto en el conocimiento de las bases químicas del funcionamiento del cerebro, los neurotransmisores y las endorfinas.

Los más de 25 años de investigación y especialización de la doctora Pert en la base molecular de los neuropéptidos y sus receptores, tanto en el cerebro como en el sistema inmunológico, han proporcionado la base científica para un nuevo campo de la medicina y la farmacología denominado como psiconeuroinmunología, que estudia la comunicación entre mente y cuerpo y la importancia de las emociones como puente entre estas dos partes, habitualmente tratadas como separadas.

Pert dice: "La mayoría de lo psicólogos tratan la mente como separada del cuerpo, un fenómeno con apenas conexión con el cuerpo físico. Inversamente, los médicos tratan al cuerpo como desvinculado de la mente y las emociones. Pero el cuerpo y la mente no están separados y no podemos tratar ni entender a uno sin el otro. Investigaciones científicas están demostrando que el cuerpo puede y debe ser curado a través de la mente, y la mente puede y debe ser curada a través del cuerpo”.

Candace Pert ha escrito más de 250 publicaciones científicas y ha trabajado como jefa de sección de bioquímica cerebral en la rama clínica de neurociencia del NIMH [Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos). También ha escrito dos libros: Molecules of Emotion y All you need to know to feel good.

Las implicaciones de sus hipótesis y los resultados de sus investigaciones plantean un salto cualitativo de perspectiva sobre cómo funciona el cuerpo humano, nuestra salud física y bienestar psicoafectivo. Una visión que integra las partes, poniendo el foco en los procesos y el funcionamiento del Todo.

La información de las células secretoras de péptidos produce cambios fisiológicos, que a su vez implican una retroalimentación y en base a ello se producirá un número determinado de péptidos y de que clase.


Todo ello supone que la información usa un lenguaje codificado precisamente por los neuropéptidos y sus receptores, que son las sustancias físicas de la información. Por ello la información se convierte en el enlace entre psique y cuerpo, esas moléculas de información usan ese lenguaje para comunicarse a través de la red compuesta por los sistemas nervioso, endocrino e inmunológico, es decir una red psicosomática.

Otro aspecto fundamental de sus teorías a partir de esa red psicosomática, es que los péptidos son la manifestación bioquímica de las emociones. En ese sentido indica que los péptidos, o al menos la mayoría de ellos, alteran el comportamiento y el estado de ánimo, y actualmente se trabaja con la hipótesis de que cada uno de ellos pueda despertar un determinado estado emocional, por lo que todo el grupo de péptidos, entre 60 o 70 macromoléculas, podrían constituir un lenguaje bioquímico universal emocional.


Dice la Dra. Candace Pert:

“Las emociones son el contenido informacional, que es intercambiado vía la red psicosomática, con los órganos, células y sistemas que participan en el proceso. Así como la información, las emociones viajan en dos realidades: la de la mente y el cuerpo, como péptido y receptores en la realidad física y como sentimientos y emociones en el plano no material.”

Por ello deduce que cada péptido mediatiza un determinado estado emocional, significando que todos los pensamientos, creencias, percepciones sensoriales, y de hecho todas las funciones corporales estarían influidas por las emociones, puesto que en todas intervienen los péptidos.

Igualmente todos esos estudios, incluyendo los de otros científicos, la han llevado a postular que la mente no está localizada en el cerebro, sino distribuida por todo el organismo en forma de moléculas señal.

La red psicosomática implica, contrariamente a lo que se creía, que el sistema nervioso no está estructurado jerárquicamente.

Dice específicamente la Dra. Candace Pert:

Los glóbulos blancos son partes del cerebro que flotan por el cuerpo.”
“No soy capaz de establecer una clara distinción entre el cerebro y el resto del cuerpo”.

También, de sus estudios y de otros posteriores, Pert, expone que el sistema inmunológico, incluyendo el sistema nervioso central, tiene memoria y capacidad de aprendizaje, con lo cual deduce que la inteligencia se encuentra en todas y cada una de nuestras células del cuerpo, por ello la separación de procesos psíquicos y procesos orgánicos no sería cierta.

Pert revela cómo su estudio sobre los receptores que procesan la información en las membranas de las células nerviosas le llevó a descubrir que los mismos receptores «neurales» estaban presentes en la mayoría, si no en todas, las células del cuerpo.

Los estudios de la Dra. Pert, han sido muy importantes en el desarrollo y avance de la Psiconeuroinmunología. Indica que toda enfermedad tiene siempre un componente psicológico, por lo que es imposible la separación cartesiana de mente y cuerpo.

Esto implicaría que la cognición es un fenómeno extendido por todo el organismo, y opera a través de una compleja red química de péptidos que auna todas nuestras actividades, sean éstas mentales, emocionales u orgánicas.
La enfermedad por tanto estaría asociada ineludiblemente a las emociones. Cuando estas son expresadas todos los sistemas del organismo forman un corpus unificado, pero cuando son negadas y reprimidas, dichas emociones quedarían atrapadas por nuestro cuerpo físico, los sistemas se bloquean y nos llevaría a la enfermedad.
Pero también indica que dichas emociones pueden ser liberadas y por tanto eso nos puede llevar a la curación. Todo ello lo deduce de sus descubrimientos, en base a que toda emoción tiene un reflejo bioquímico dentro del cuerpo.

Sigue indicando la Dra. Pert que el sistema orgánico está sano cuando ese bucle de información no es entorpecido y el proceso se produce con celeridad.

A mayor rapidez, más y mejor información recibe la célula, que a su vez permite realizar los cambios necesarios en el menor tiempo posible, lo cual es sinónimo de buena salud, o de curación o mejoría en los procesos de disfunciones orgánicas.

www.centroelim.org


viernes, 7 de agosto de 2026

La importancia de salirse del modo “lucha/huida/parálisis” (estrés)

 
(imagen tomada de internet)

El cuerpo entra en inflamación cuando la mente no descansa.

La mente no descansa por:

- pensamientos constantes,

- preocupación continua,

- hiperalerta mental, incluso en reposo


El cuerpo interpreta ese estado como una amenaza persistente. Aunque no exista daño físico ni infección, el organismo responde activando mecanismos defensivos que, con el tiempo, derivan en inflamación crónica de bajo grado.

Este proceso es silencioso, progresivo y profundamente desgastante.

El origen está en el sistema nervioso.

Una mente que “no se apaga” mantiene activado de forma sostenida el sistema nervioso simpático, encargado de la respuesta de alerta.

El cuerpo no diferencia entre una amenaza real y una amenaza mental constante. Como resultado, se liberan de manera continua cortisol y adrenalina, hormonas diseñadas para respuestas cortas, no para estados prolongados.

En condiciones normales, el cortisol ayuda a controlar la inflamación. Sin embargo, cuando permanece elevado durante largos periodos, pierde su efecto regulador y comienza a desorganizar la respuesta inmune. El sistema inmunológico entra en un estado de activación parcial continua: no combate una amenaza concreta, pero tampoco se desactiva.

Este estado mantiene encendidas vías inflamatorias sin un propósito claro.

A nivel inmunológico, esta activación constante altera la producción de citocinas, moléculas que regulan la inflamación.

Se incrementan las citosinas (citoquinas) proinflamatorias y se reduce la señal de resolución inflamatoria.

El resultado es una inflamación silenciosa, que no causa fiebre ni dolor agudo, pero deteriora tejidos, afecta la reparación celular y altera el funcionamiento de órganos clave.

El intestino es uno de los principales afectados.

La mente en estrés continuo altera el eje intestino-cerebro, aumentando la permeabilidad intestinal.

Fragmentos bacterianos y toxinas atraviesan la barrera intestinal y activan al sistema inmune, amplificando la inflamación sistémica. Dado que una gran parte de las defensas del cuerpo reside en el intestino, este proceso se convierte en un potente motor inflamatorio.

A nivel celular, la inflamación crónica deteriora la función mitocondrial.

Las mitocondrias producen menos energía y más radicales libres en entornos inflamados.

Esto genera fatiga persistente, dolor difuso, rigidez muscular y sensación de agotamiento general, incluso sin esfuerzo físico.

El cuerpo entra en un estado de desgaste metabólico.

El sueño, clave para apagar la inflamación, también se ve afectado. Una mente que no descansa fragmenta el sueño profundo, fase en la que se regulan las respuestas inmunes y se reduce la inflamación.

Sin este descanso reparador, el cuerpo no logra desactivar los procesos inflamatorios, perpetuando el ciclo mente activa → inflamación → cansancio → más activación mental.

El cerebro tampoco queda al margen.

La inflamación de bajo grado afecta la comunicación neuronal, reduce la plasticidad cerebral y favorece síntomas como niebla mental, irritabilidad, dificultad para concentrarse y alteraciones del estado de ánimo.

Estos síntomas refuerzan la rumiación mental, cerrando un círculo inflamatorio mente-cuerpo.

Lo más engañoso, es que este proceso ocurre sin señales claras.

La persona puede sentirse “funcional”, pero vive cansada, tensa, inflamada y con molestias difusas que no tienen una causa aparente en los estudios médicos iniciales.

Con el tiempo, esta inflamación silenciosa aumenta el riesgo de enfermedades metabólicas, cardiovasculares, autoinmunes y neurodegenerativas. No porque la mente “cause” directamente estas enfermedades, sino porque mantiene al cuerpo en un entorno inflamatorio constante.

La salida comienza cuando la mente aprende a descansar de verdad.

Pausas mentales reales, reducción de estímulos, respiración profunda, movimiento consciente, sueño profundo, momentos de silencio, yoga, práctica de atención plena, permiten que el sistema parasimpático se active y que la inflamación disminuya de forma natural.

En síntesis, cuando la MENTE no descansa, el cuerpo entra en inflamación como mecanismo de defensa.

No es debilidad ni exageración: es una respuesta biológica a una alerta constante.

Calmar la mente no es solo bienestar emocional, es una intervención directa para reducir la inflamación.

Fuente Té Dra. K


miércoles, 4 de marzo de 2026

Respuestas emocionales- estrés- enfermedad

                                 

El psicólogo Ross Buck distingue entre tres niveles de respuestas emocionales, a las que llama emoción I, emoción II y emoción III, clasificadas según el grado de conciencia que tenemos de ellas.

La emoción III se refiere a la experiencia subjetiva que procede del interior de nosotros mismos, el cómo nos encontramos. En esta experiencia existe una conciencia consciente de un estado emocional como la ira, la alegría, el miedo, tristeza, junto a las sensaciones corporales que al acompañan.

La emoción II comprende muestras de emoción vista por otros, con o sin nuestro conocimiento. Se muestra a través del lenguaje corporal, “señales no verbales, rasgos distintivos, tonos de voz, gestos, expresiones faciales, breves contactos e incluso el ritmo de la narración y las pausas entre palabras.

Pueden tener consecuencias fisiológicas, a menudo ajenas a la conciencia de los participantes”.

Es bastante común que una persona no sea consciente de las emociones que está comunicando, aunque los que estén alrededor pueden leerlo claramente.

Nuestras muestras de emoción II son las que más afectan a otras personas, independientemente de nuestras intenciones. Las muestras de emoción II de un niño son las que los padres menos toleran si los sentimientos que expresan les despiertan demasiada ansiedad.

Un niño cuyos padres castigan o reprimen estas muestras de emoción, quedará condicionado a responder a las emociones similares en el futuro, por medio de la represión.

Esta autoinhibición sirve para evitar la vergüenza y el rechazo y bajo tales condiciones, “la competencia emocional se verá comprometida…dice Buck, el individuo, no sabrá en el futuro cómo manejar efectivamente sus sentimientos efectivamente y sus deseos.

El resultado será una especie de impotencia, que real o percibida, es una causa poderosa de respuestas biológicas al estrés.

La impotencia aprendida, es un estado psicológico en el que los sujetos no se liberan de situaciones estresantes, incluso cuando tienen la ocasión física de hacerlo. Se encuentran en situaciones de impotencia aprendida, por ejemplo, cuando alguien se siente atrapado en una relación disfuncional o de abuso, en un trabajo estresante o en un estilo de vida que les niega su verdadera libertad.

La emoción I comprende los cambios psicológicos provocados por estímulos emocionales, como descargas del sistema nervioso, la producción hormonal y los cambios inmunitarios que constituyen la reacción de lucha o huida en respuesta a una amenaza.

Estas respuestas no responden a un control consciente y no pueden ser observadas directamente desde fuera, sencillamente ocurren.

Pueden producirse ante la falta de conciencia subjetiva o expresión emocional.

Estas mismas respuestas al estrés, que son flexibles en situaciones de amenaza aguda, son dañinas cuando se producen de forma crónica y sin que el individuo sea capaz de actuar para derrotar o evitar la amenaza percibida.

La autorregulación, dice Ross Buck, consiste en parte, en  la obtención de competencia emocional, que se define como la habilidad de afrontar de manera apropiada y satisfactoria los propios sentimientos y deseos.

La competencia emocional, presume capacidades que a  menudo faltan en nuestra sociedad, donde la indiferencia (la ausencia de emoción) es la ética predominante, donde el “no seas tan sentimental” y el “no seas tan sensible”, es lo que oyen a menudo los niños y donde la racionalidad se considera generalmente la mejor antítesis a la emotividad.

 

La competencia emocional exige:

-   la capacidad de sentir nuestras emociones, de modo que seamos siempre conscientes de cuándo experimentamos estrés;

-    -    la capacidad de expresar nuestras emociones de manera efectiva y, por lo tanto, afirmar nuestras necesidades y mantener la integridad de nuestras fronteras emocionales;

-        -      la facultad de distinguir entre reacciones psicológicas pertinentes para la situación presente y aquellas que representan vestigios del pasado. Lo que queremos y le exigimos al mundo, debe adecuarse a nuestras necesidades presentes, no a las necesidades inconscientes e insatisfechas de nuestra infancia. Si se emborrona  la distinción entre pasado y presente, percibiremos una pérdida o amenaza de pérdida, allí donde ésta no existe;

-        la conciencia de aquellas necesidades genuinas que sí requieren satisfacción, en vez de reprimirlas con tal de recibir la aceptación o aprobación de otros.

El estrés, se da ante la ausencia de estos criterios, y conduce a la alteración de la homeostasis. La alteración crónica lleva a la mala salud. En cada una de las historias de enfermedad  por lo general al menos uno de los aspectos de competencia emocional de los enfermos, se haya muy comprometida, por lo general de forma desconocida para la persona involucrada.

Necesitamos la competencia emocional para evolucionar, si deseamos protegernos del estrés oculto que provoca riesgos para la salud y es lo que tenemos que recobrar si queremos curarnos.

Conviene fomentar la competencia emocional en nuestros hijos como la mejor medicina preventiva.

La enfermedad logra frecuentemente que las personas se vean bajo una luz distinta y reevalúen cómo han llevado sus vidas.

En la gran mayoría de las mujeres u hombres a los que se les ha diagnosticado cáncer de mama, la herencia genética juega un papel pequeño o nulo. Es artificial imponer una separación entre las hormonas y sentimientos. Si bien es cierto que las hormonas  son promotoras o inhibidoras activas de tumores, no es verdad que sus acciones no tengan nada que ver con el estrés. De hecho, una de las maneras principales en que las emociones actúan biológicamente en el origen del cáncer es a través del efecto de las hormonas. Algunas hormonas -el estrógeno, por ejemplo- inciden en el crecimiento de los tumores, y otras profundizan en el desarrollo del cáncer, reduciendo la capacidad del sistema inmunitario de destruir células malignas.

La producción de hormonas se ve íntimamente afectada por el estrés psicológico. Las mujeres siempre han sabido que este afecta a su ovulación y ciclos menstruales; el estrés excesivo puede, incluso, inhibir la menstruación.

El sistema hormonal del cuerpo está indisolublemente ligado a los centros del cerebro donde se experimentan e interpretan las emociones.

A su vez, el aparato hormonal y los centros emocionales están interconectados con los sistemas inmunitario y nervioso. No se trata de cuatro sistemas separados, sino de un único supersistema que funciona como una unidad, para proteger al cuerpo de las invasiones externas y de alteraciones del estado fisiológico interno.

Es imposible que un estímulo estresante, ya sea crónico o agudo, actué solo sobre una parte del supersistema.

Lo que le ocurra a uno, afectará al resto.

Las emociones también modulan directamente el sistema inmunitario. Unos estudios en el instituto nacional del cáncer de Estados Unidos, revelaron que las células NK, un importante tipo de células inmunitarias que comentamos, se encuentran más activas en pacientes de cáncer de mama que son capaces de expresar la ira, adoptar una actitud beligerante y que poseen mayor apoyo social.

 Las células NK arman un ataque sobre las células malignas y consiguen destruirlas.

Los factores emocionales y el entorno social son más importantes para la supervivencia que el propio grado de la enfermedad.

El estrés no  es solo una cuestión de estímulos externos, sino también la respuesta individual. No hay un estresor universal, depende de temperamento innato, historia vital, patrones emocionales, recursos físicos y mentales y apoyo social y económico, y varia de persona a persona.

En la mayoría de los cánceres de mama, el estrés está oculto y es crónico.

Tiene sus raíces en experiencias infantiles, en la temprana programación emocional y en los estilos de afrontamiento psicológico inconscientes. Se acumulan a lo largo de toda una vida y vuelven vulnerables a la enfermedad a algunas personas.

Las investigaciones han sugerido durante décadas, que las mujeres son más propensas a desarrollar cáncer de mama si sus infancias estuvieron caracterizadas por una distancia emocional respecto a sus padres u otras alteraciones durante su crianza, si tienden a reprimir las emociones, especialmente la ira, si carecen de apoyo social y si son personas altruistas y compulsivamente cuidadoras. O sea que los factores psicológicos, tienen mucho peso.

La supresión de la ira y un estilo de respuesta pasivo y estoico parecen estar asociados a secuelas de riesgo biológico.

La represión de la ira, incrementa el riesgo de cáncer por la sencilla razón de que magnifica la exposición al estrés psicológico.

Si las personas no son capaces de reconocer una intrusión, o son incapaces de autoafirmarse incluso cuando si pueden reconocer dicha intrusión, es probable que experimenten repetidamente daños causados por el estrés.

Recordemos que el estrés es una respuesta fisiológica a una amenaza percibida, ya sea física o emocional, independientemente de que el individuo reconozca de inmediato esa percepción.

Dr. Gabor Maté



jueves, 26 de febrero de 2026

Entrenar la mente desde el Mindfulness


La mente es como un músculo, su tendencia es a la dispersión, como un mono que salta de rama en rama. Según algunos investigadores, la divagación de la mente ocupa un 47% del tiempo que pasamos despiertos (Killingsworth y Gilbert), otros calculan que la mente produce entre doce mil y setenta mil pensamientos al dia. 
Los estudios actuales, sugieren que la divagación mental es el modo de funcionamiento por defecto de nuestro cerebro (Hasenkamp). De modo que no se trata de tu mente, sino que es la naturaleza de la mente.
Acepta la divagación mental como parte del proceso de la meditación, del entrenamiento, en vez de combatirla como algo pernicioso que deba quedar fuera de la habitación cuando meditas.

Trabajar con la respiración es el método más universal para la regulación de las emociones.
La atención es como un músculo, que se puede entrenar.
Nos enorgullecemos a veces por la cantidad de tareas que hacemos al mismo tiempo…, sin embargo, recientemente, estudios científicos sugieren lo que los maestros de meditación saben hace miles de años y es que la multitarea es un mito, solo podemos prestar atención de verdad a una cosa a la vez (Wang y Tcherbew, 2012).

Prestar atención debería ser como respirar: algo natural, no forzado y que no requiere ningún esfuerzo. Pero dirigir la atención a donde queremos que vaya, y mantenerla ahí el tiempo que deseemos, no es tan fácil, y es que no nos han enseñado a prestar atención, ni siquiera nos lo han explicado.

El psicólogo y filósofo William James, define la atención así: la toma de posesión por parte de la mente, de forma clara y vivida, de uno de los varios objetos o líneas de pensamiento que parecen posibles simultáneamente. La focalización, la concentración y la conciencia forman parte de su esencia. Implica prescindir de unas cosas para ocuparse efectivamente de otras, y es una condición cuyo verdadero opuesto es el estado de confusión, aturdimiento y dispersión.
Dice James sobre la importancia de la atención en nuestra vida: la facultad de traer voluntariamente de vuelta la atención dispersa, una y otra vez, es la propia raíz del juicio, el carácter y la voluntad. 
Nadie es dueño de sí mismo si no la posee. La educación que mejorara esa facultad seria la educación por excelencia. Pero es más fácil definir ese ideal que dar orientaciones precisas para alcanzarlo.
Aquí es donde la práctica de la meditación, atención plena, aporta este entrenamiento.

La mejor forma de comenzar es centrando la atención en las sensaciones que la respiración produce en nuestro cuerpo. En el budismo, esta práctica es la primera de sus “cuatro fundamentos”, los otros tres son la atención plena de las sensaciones, de la mente y de los dharmas (factores mentales)


Hay varias razones para comenzar con la atención a la respiración:

1- Porque las sensaciones de la respiración son relativamente más tangibles y concretas que el resto de las sensaciones, los pensamientos y las emociones, lo cual facilita que se pueda utilizar como ancla para traer de vuelta la atención una y otra vez, además, al traer la atención a la respiración, la desviamos de la cabeza, permitiendo así el acceso a una perspectiva más física y experiencial.

2- La respiración está presente mientras estamos vivos, suele ser algo bastante neutro y que no provoca fuertes sentimientos de placer o de rechazo, lo cual hace más fácil estabilizar la mente.
Aunque sean más o menos sutiles, siempre hay sensaciones asociadas a la expansión de la inhalación y a la contracción de la exhalación.

3- La mayoría de las veces, respirar no requiere ningún esfuerzo.

4- La respiración tiende un sutil puente de integración y equilibrio entre diversos pares de opuestos: la actividad mental y los estados corporales, las funciones voluntarias e involuntarias del cuerpo y las ramas simpática (luchar o huir) y parasimpática (descansar y digerir) del sistema nervioso autónomo.

5- La respiración es la estrategia más simple, rápida y a menudo accesible para regular la emoción. Es obvio que la respiración se acelera y se hace más superficial ante emociones fuertes, como el miedo o la ira, y no hay duda de que dos o tres respiraciones profundas pueden ser útiles para navegar por un sentimiento intenso.
Sabemos lo que hay que hacer y sabemos que funciona, el problema radica en que es difícil acordarse de hacerlo, porque la mente y el cuerpo están preparados para perpetuar la emoción.

También puede ser que la simplicidad de la estrategia nos confunda y la rechacemos por ser demasiado obvia, o por no parecer lo suficientemente potente para afrontar el estado en que nos encontramos.
En cualquier estado, el Mindfulness de la respiración nos ayuda a ejercitar la atención y además, fortalece las vías neuronales que nos recordaran enfocarnos en la respiración, facilitando así el acceso a esta estrategia cuando nos sintamos descontrolados o atosigados.

La atención se entrena llevando la conciencia a la respiración cada vez que te des cuenta que la mente se ha puesto a divagar.
Cada vez que la mente se dispersa, se abre una nueva oportunidad de entrenar la atención.





Atención plena de la respiración. 
(ejercicio)

                                                       

Siéntate cómodo, sin hacer esfuerzo para mantenerte en esa postura durante todo el ejercicio. Mantén la espalda recta con los hombros relajados y el mentón leve inclinado hacia pecho.
Inhala profundo varias veces para relajarte y soltar cualquier tensión. 
Cierra suavemente los ojos o déjalos entreabiertos, como estés más cómodo.
Imagínate a ti mismo sentado. 
Observa tu postura como si te estuvieras viendo desde fuera. Deja a tu cuerpo y a tu mente tal como están.

Ahora presta atención a la respiración. Presta atención dónde la notes con más fuerza. 
Algunos la notan en la nariz, otros la perciben en el pecho que sube y baja, otras personas la sienten más en el abdomen, al expandirse el vientre con la inhalación y al retraerse con la exhalación.

Recorre mentalmente tu cuerpo y descubre dónde te es más fácil notar la respiración.
Ahora descubre cuándo notas la respiración con más fuerza – al exhalar, o al inhalar_. Si ambas son más o menos iguales, elige una de las dos.
Presta atención a la sensación de cada exhalación (suponiendo que has elegido la exhalación).
Siente el aire al salir por las fosas nasales cada vez que lo espiras. 
Al inhalar, simplemente descansa la atención y deja a la inhalación en paz mientras esperas. Luego vuelve a sentir la siguiente exhalación.

Deja que tu cuerpo respire – lo hace automáticamente_. Presta atención sólo a la sensación del aire en la nariz, cada vez que exhalas, una y otra vez.
Tu mente se distraerá de la respiración muchas veces por minuto.
No te preocupes por cuántas veces tu mente se distrae. Vuelve suavemente a la sensación en la nariz al exhalar, cada vez que notes que la atención se ha ido.

Luego de 15 min., continúa respirando sintiendo la tranquilidad lograda.


Notar la respiración, percibir como la mente se dispersa y traerla de nuevo con amabilidad, son componentes importantes para el entrenamiento de la atención.
Con la práctica de la atención plena y la conciencia de nuestras sensaciones corporales, recuperamos activamente el cuerpo como una dimensión preciosa de la vida (incluso durante una enfermedad grave), poco a poco sintonizándonos con nuestra experiencia y alejándonos de la objetivación y manipulación de nosotros mismos.

La atención es la capacidad de centrar la mente a voluntad en un determinado objeto. Se trata de una destreza fundamental necesaria para cualquier tipo de aprendizaje efectivo. La capacidad de prestar atención es esencial para el equilibrio emocional, porque da libertad de enfocar la mente de manera constructiva, en vez de estar constantemente distraído por estímulos aleatorios internos o externos.
M.Cullen/G.Brito