Cuando la Asociación estadounidense de Psiquiatría publicó en 2013 la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), el Dr. David Kupfer, jefe del grupo de trabajo responsable de su elaboración, vino a decir algo parecido: “En el futuro –afirmó en un comunicado de prensa- esperamos poder identificar trastornos mediante marcadores biológicos y genéticos que proporcionen diagnósticos precisos de absoluta fiabilidad y validez”. Sin embargo, esta promesa que nos hacen desde la década de 1970 sigue decepcionantemente lejos de cumplirse.
Dr. Gabor Maté
Gabor Maté: ¿Por qué persevero en mi crítica del modelo del diagnóstico? porque los diagnósticos no revelan nada sobre los sucesos y las dinámicas subyacentes que animan las percepciones y experiencias en cuestión. Nos hacen centrarnos en los efectos y no es sus innumerables causas.
Puede haber múltiples razones por las que un niño tenga problemas para prestar atención o este inquieto, desconectado o agitado: ansiedad, estrés en casa, aburrimiento con un material que no encuentra interesante, resistencia a las limitaciones de estar sentado en el aula, miedo al bullyng, un maestro autoritario, trauma e incluso, lo crean o no, el mes de nacimiento.
Un estudio de la universidad de la Columbia británica, analizó el registro de casi un millón de recetas médicas a niños de edad escolar durante 11 años y determinó que los niños nacidos en diciembre tenían un 39% más de posibilidades de que les diagnosticaran TDAH que sus compañeros de clases nacidos en el mes de enero anterior, y es porque tenían un retraso de once meses en el desarrollo del cerebro. No los medicaban por “un trastorno cerebral genético” sino por un retraso natural en la maduración de los circuitos cerebrales de atención y autorregulación.
El Dr. Perry, especialista en trauma: tardé poco en darme cuenta de que los diagnósticos no guardaban la menor relación con la fisiología, que solo eran descriptivos y que había cientos de explicaciones fisiológicas para un problema de atención, por ejemplo. y sin embargo, la profesión actuaba como si estas etiquetas descriptivas fueran realmente una cosa… si investigábamos, si usábamos estos descriptores vacíos que llamamos “diagnósticos” y a continuación estudiábamos las intervenciones y los resultados, solo obtendríamos basura y así ha sido. Perry insiste en que incluso jugar al juego del DSM es un absoluto error, se negó a contribuir en una de las ediciones del manual. Podemos hacer un trabajo clínico mejor sin recurrir a los diagnósticos, hace 15 años que no lo hacemos.
Dr. Gabor Maté: cuando trabajo con cualquier afección relacionada con la salud mental, con la depresión, la ansiedad, el TDAH o la adicción, no me interesa gran cosa el diagnóstico formal como tal. Mi enfoque del “diagnóstico” se centra en los problemas concretos a los que la persona se enfrenta en su vida y en los traumas que impulsan esos problemas. En cuanto a las “recetas” me interesa sobre todo lo que promoverá la curación de las heridas psíquicas representadas por los patrones traumáticos en curso. No estoy en contra de los tratamientos fármacos, pueden beneficiar usados inteligentemente, para aliviar y mejorar la química, pero que un medicamento tenga efecto positivo, no revela nada sobre el origen de un síntoma.
En el cerebro hay 50 neurotransmisores o más cuyas complejas interacciones estamos comenzando a explorar, por no hablar de la posibilidades casi infinitas inherentes a la intersección de la experiencia con la biología corporal y cerebral durante toda la vida. Una vez más, la fisiología del cerebro es una manifestación y un producto de la vida, en movimiento y en contexto.
Bruce Perry: el cerebro es un órgano histórico. Almacena nuestra narrativa personal, por medio de su química y sus redes neuronales, no es de extrañar que las experiencias difíciles puedan resultar en una perturbación de la neurobiología. Incluso cuando los escáneres cerebrales muestren ciertas anomalías, como sucede en muchas personas traumatizadas, eso no demuestra que el trastorno tenga un efecto neuroquímico de origen.
Estudios revelan que la genética del cerebro no causa la enfermedad en muchas ocasiones, en la mayoría, ni las diferencias neurofisiológicas; todo es resultado de la experiencia vital.
La profesora Jehannine Austin, académica investigadora, dirige una clínica de asesoramiento genético sobre salud mental en Vancouver. “Todo el mundo tiene algunos genes que predisponen a la enfermedad mental, pero están muy lejos de ser su causa… Literalmente lo que separa a quienes los sufren de los que no, es lo que les ocurre a lo largo de su vida.”
Si la curación es el desierto de los síntomas o afecciones que perjudican la vida, la sanación es el proceso de reunirnos con las cualidades internas que siguen dentro de nosotros como posibilidades inherentes, como creo que siempre ocurre, y que hacen que valga la pena vivir a vida.
No sanamos “para “curarnos, aunque esté presente ese comprensible deseo. La sanación se entiende mejor como un fin en sí mismo. El camino hacia la integridad comienza por el reconocimiento del sufrimiento propio y del sufrimiento del mundo. No significa quedarse atrapados en un vórtice interminable de dolor, melancolía y especialmente victimista, una nueva y rígida identidad basada en el “trauma” (o para el caso, en la sanación) puede constituir otra trampa.
La verdadera sanación consiste, simplemente en abrirnos a la verdad de nuestra vida, en el pasado y presente, tan clara y objetivamente como podamos. Reconocemos dónde resultamos heridos y en la medida de lo posible, realizamos una auditoria sincera de los impactos de esas lesiones, ya que han afectado a nuestra vida y a la de quienes nos rodean.
Esto puede ser difícil, por innumerables motivos comprensibles. Da igual el grado de incomodidad que tapemos con ideas falsas, la verdad duele y no nos gusta tener dolor si podemos evitarlo, ni siquiera cuando sentimos que podría esperarnos algo mejor al otro lado.
Es muy difícil mirar la vida a la cara. Muchos no estaremos listos para buscar la verdad hasta que hayamos llegado a la conclusión de que el precio de no buscarla es demasiado alto, o hasta que nos familiaricemos lo suficiente con el doloroso anhelo de lo real.
Hay excepciones, pero no he visto a nadie que no se haya visto impulsado al camino del crecimiento y el cambio por algún revés o pérdida, por alguna enfermedad, angustia o alineación. La vida ya se encarga de llevarnos el sufrimiento necesario hasta la puerta. La tendencia es a la racionalización, somos hermanos lingüísticos.
La verdad de la que hablo es más modesta y realista: una mirada clara a cómo son las cosas en este momento, esta verdad marca el comienzo de la sanación, para llegar a él tendremos que utilizar algo más lleno de recursos que la cabeza.
El intelecto se convierte en una herramienta mucho más inteligente cuando permite que hable el corazón, cuando se abre a eso que llevamos dentro que se hace eco de la verdad, en lugar de intentar razonar con ella.
Si esto parece poco científico recuerda que el corazón es un órgano vivo que late, el Dr. Stephen Porges, ha demostrado que el circuito neuronal del compromiso social y el amor está íntimamente conectado con el corazón y sus funciones. El corazón además tiene su propio sistema nervioso; también los intestinos tienen neuronas. El corazón sabe cosas, igual que saber algo “visceralmente” también es saberlo. El plexo nervioso del intestino se ha llamado segundo cerebro, al igual que el del corazón.
Entonces podemos hablar de tres cerebros destinados a funcionar en consonancia, conectados mediante el sistema nervioso autónomo. Sin ese conocimiento del corazón y del intestino, a menudo funcionamos como reptiles geniales, sin embargo, tampoco podemos hacer caso omiso a la mente, ya que ahí es donde se desarrolla gran parte de la acción.
Si el corazón es nuestra mejor brújula en el camino hacia la sanación, la mente (consciente e inconsciente) es el territorio por el que hay que desplazarse. La sanación los alinea y los lleva a la cooperación, muchas veces después de una vida en la que uno se esconde tras el otro o lo pasa por alto.
Todo lo que somos surge de nuestro pensamientos (Buda hace 2500 años)
Podemos aprender a tomar las riendas de la mente con la que creamos nuestro mundo en lo sucesivo. La capacidad de sanación surge de la voluntad de hacer, precisamente es, de asumir esa responsabilidad. Esa voluntad no es una declaración que se hace en un momento determinado, sino un compromiso momento tras momento, que puede regenerarse cuando perdemos el contacto con él.
Es seguir recordándonoslo.
No se trata de una ingenuidad autoimpuesta ni al despreocupado pensamiento positivo. Se trata de la voluntad de replantearnos toda nuestra visión. Si la mente herida puede ser tiránica, es un tirano que anhela secretamente que lo depongan. El cambio no se da en la historia de la persona, sino en su forma de relacionarse con ella.
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