sábado, 12 de septiembre de 2026

Epigenética- Dr. Gabor Maté

 

Los procesos genéticos actúan sobre los cromosomas, entregando y traduciendo mensajes del entorno que “dicen” a los genes qué hacer. Todo esto ocurre sin alterar de ninguna manera los genes en sí mismos. Martha Henriques de la BBC lo explica así: la epigenética ofrece “una forma de adaptarse a las condiciones cambiantes sin necesidad de un cambio más permanente en nuestro genoma.

No es que los genes no tengan importancia; claro que la tienen, pero no pueden dictar siquiera los comportamientos más sencillos y, mucho menos, ser responsable de la mayoría de las enfermedades ni encerrar posibles curas.

Lejos de ser los árbitros autónomos de nuestro destino, los genes responden a su entorno; no podrían funcionar sin señales ambientales. De hecho, la vida sería imposible si no fuera por los mecanismos epigéneticos que “encienden” o “apagan” los genes en respuesta a señales procedentes de dentro y fuera del cuerpo.


La epigenética renueva nuestra comprensión del desarrollo humano desde el embrión hasta el adulto, e incluso la forma en que nuestra especie llego aquí.

La epigenética no niega la evolución sino que forma parte de ella, pero exige una nueva forma de abordar su funcionamiento.

La nueva biología mejora la visión darwiniana estándar de las mutaciones espontáneas y la selección aleatoria como motores de las adaptaciones de las especie; demuestra que las circunstancias pueden configurar la forma en que los genes se ajustan al entorno.

Dicho de otra manera, nuestras vidas son lo que sucede cuando la vida actúa sobre la vida.

Un estudio demostró que la calidad de la atención materna temprana, tiene un efecto causal en la capacidad bioquímica del cerebro de los hijos a la hora de responder al estrés de una manera saludable en la edad adulta. Los marcadores epigéneticos clave (las formas en que se expresaban ciertos genes) eran diferentes en los cerebros de ratas (el experimento se hizo con ratas) que habían recibido más o menos contacto y atención maternos. La descendencia a su vez, trasmitió a sus vástagos el tipo de maternidad que se le había proporcionado.

La calidad de la atención materna afecta la actividad de los receptores de estrógenos (una hormona femenina crucial) de las hijas con ramificaciones que se extienden a las pautas de maternidad durante generaciones.

O sea que se determinó que ni los efectos fisiológicos, ni los conductuales de las pautas de crianza temprana, son genéticos, es decir, no se transmiten a través del llamado código genético, que permaneció inalterado, sino que eran epigéneticos, esto es, determinados por la forma en que los diversos tips de crianza materna influían en la actividad genética del cerebro de la descendencia. (el comportamiento materno concreto rastreado por los investigadores era lo “amorosamente” que las madres “aseaban” o lamían, a sus bebés)


Nadie es su enfermedad y nadie se la ha provocado a sí mismo, al menos en un sentido consciente, deliberado o culpable. La enfermedad es el resultado de generaciones de sufrimiento, de condiciones sociales, de condicionamiento cultural, de trauma infantil, de cómo la fisiología se lleva la peor parte de las tensiones y del historial emocional, y de la interacción de todo ello con el entorno físico y psicológico. Con frecuencia, es una manifestación de rasgos de personalidad arraigados, sí, pero esa personalidad no es lo que somos, igual que no lo son las enfermedades a las que puede predisponernos.

Ahora, la enfermedad no es una entidad fija, sino un proceso dinámico que expresa vidas reales en situaciones concretas, podrían surgir nuevos caminos hacia la curación ante un cambio de perspectiva paradigmático.


¿Qué pasaría si viéramos la enfermedad como un desequilibrio de todo el organismo, no solo como una manifestación de moléculas, células u órganos invadidos o desnaturalizados por la patología? 
¿y si aplicáramos los hallazgos de la investigación y la ciencia occidentales en un marco de sistemas, buscando todas las conexiones y condiciones que contribuyen a la enfermedad y a la salud?


Esta reformulación revolucionaría la forma en que se practica la medicina. En lugar de tratar la enfermedad como una entidad sólida que impone su aviesa voluntad al cuerpo, estaríamos ante un proceso que no se puede desvincular de nuestra historia personal, ni del contexto y la cultura en los que vivimos. Es un cambio de enfoque muy recomendable, y no solo porque tiene en cuenta la biología interpersonal.

Cuando dejamos de ver la enfermedad como algo concreto y autónomo con una trayectoria predeterminada y cuando contamos con la ayuda adecuada y con la voluntad de mirar tanto hacia dentro como hacia fuera, podemos empezar a tomar cartas en el asunto.

A fin de cuentas, la enfermedad es una manifestación de algo en nuestra vida y no, simplemente su cruel disruptor, tenemos opciones: podemos buscar nuevas comprensiones, plantear nuevas preguntas, quizá tomar nuevas decisiones. Podemos ocupar el lugar que nos corresponde como participantes activos en el proceso, en lugar de seguir siendo sus víctimas, impotentes salvo por nuestra confianza en los hacedores de milagros médicos.

La enfermedad en sí misma es tanto la culminación de lo que sucedió anteriormente como un indicador de la forma en que podrían desarrollarse las cosas en el futuro. Nuestra dinámica emocional, incluida nuestra relación con nosotros mismos, puede ser uno de los poderosos determinantes de ese futuro. Por ejemplo, se ha demostrado que una actitud de impotencia y desesperanza en el momento del diagnóstico ejerce un marcado efecto adverso sobre la supervivencia en mujeres con cáncer de mama, incluso diez años después. Por el contrario, una reducción de los síntomas de depresión, se asocia a una supervivencia más prolongada.

El Dr. Steven Cole, un prolífico investigador cuyo trabajo ha arrojado una intensa luz sobre el proceso de la enfermedad, dice: ahora sabemos que la enfermedad es un proceso a largo plazo, un proceso fisiológico que tiene lugar en nuestro cuerpo, y nuestra forma de vivir, influye en la rapidez con que alcanza el nivel clínico.

Cuanto más entendemos sobre la enfermedad, menos clara se hace la distinción entre tenerla y no tenerla.

Dentro del mito de la normalidad, un matiz de este tipo es prácticamente incomprensible: una persona puede estar “enferma” o “sana”. Pero en realidad no existen líneas divisorias claras entre la enfermedad y la salud. Nadie contrae de repente una enfermedad autoinmune, ni contrae cáncer, aunque la afección puede darse a conocer de forma repentina y con un tremendo impacto.

La enfermedad es un proceso a largo plazo.

Steve Cole: para que alguien contraiga una enfermedad, toda una serie de cosas tienen que haber “salido mal”. Algunas pueden estar relacionadas con sus genes; otras con la exposición a patógenos. Algunas están relacionadas con dificultades vitales que pueden desgastar el cuerpo y los que de otro modo serian tejidos resistentes. Es mejor pensar en la causa como una combinación de factores...

Una de las cosas que tienen en común muchas enfermedades es la inflamación, que actúa como una especie de fertilizante para el desarrollo de la enfermedad. Se ha descubierto que cuando la persona se siente amenazada, insegura, sobre todo durante un período prolongado, su cuerpo está programado para activar los genes inflamatorios.


Una visión mas integral de la salud- Dr. Gabor Maté

 

Cuando la Asociación estadounidense de Psiquiatría publicó en 2013 la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), el Dr. David Kupfer, jefe del grupo de trabajo responsable de su elaboración, vino a decir algo parecido: “En el futuro –afirmó en un comunicado de prensa- esperamos poder identificar trastornos mediante marcadores biológicos y genéticos que proporcionen diagnósticos precisos de absoluta fiabilidad y validez”. Sin embargo, esta promesa que nos hacen desde la década de 1970 sigue decepcionantemente lejos de cumplirse.

Dr. Gabor Maté


Gabor Maté: ¿Por qué persevero en mi crítica del modelo del diagnóstico? porque los diagnósticos no revelan nada sobre los sucesos y las dinámicas subyacentes que animan las percepciones y experiencias en cuestión. Nos hacen centrarnos en los efectos y no es sus innumerables causas.

Puede haber múltiples razones por las que un niño tenga problemas para prestar atención o este inquieto, desconectado o agitado: ansiedad, estrés en casa, aburrimiento con un material que no encuentra interesante, resistencia a las limitaciones de estar sentado en el aula, miedo al bullyng, un maestro autoritario, trauma e incluso, lo crean o no, el mes de nacimiento.

Un estudio de la universidad de la Columbia británica, analizó el registro de casi un millón de recetas médicas a niños de edad escolar durante 11 años y determinó que los niños nacidos en diciembre tenían un 39% más de posibilidades de que les diagnosticaran TDAH que sus compañeros de clases nacidos en el mes de enero anterior, y es porque tenían un retraso de once meses en el desarrollo del cerebro. No los medicaban por “un trastorno cerebral genético” sino por un retraso natural en la maduración de los circuitos cerebrales de atención y autorregulación.


El Dr. Perry, especialista en trauma: tardé poco en darme cuenta de que los diagnósticos no guardaban la menor relación con la fisiología, que solo eran descriptivos y que había cientos de explicaciones fisiológicas para un problema de atención, por ejemplo. y sin embargo, la profesión actuaba como si estas etiquetas descriptivas fueran realmente una cosa… si investigábamos, si usábamos estos descriptores vacíos que llamamos “diagnósticos” y a continuación estudiábamos las intervenciones y los resultados, solo obtendríamos basura y así ha sido. Perry insiste en que incluso jugar al juego del DSM es un absoluto error, se negó a contribuir en una de las ediciones del manual. Podemos hacer un trabajo clínico mejor sin recurrir a los diagnósticos, hace 15 años que no lo hacemos.

Dr. Gabor Maté: cuando trabajo con cualquier afección relacionada con la salud mental, con la depresión, la ansiedad, el TDAH o la adicción, no me interesa gran cosa el diagnóstico formal como tal. Mi enfoque del “diagnóstico” se centra en los problemas concretos a los que la persona se enfrenta en su vida y en los traumas que impulsan esos problemas. En cuanto a las “recetas” me interesa sobre todo lo que promoverá la curación de las heridas psíquicas representadas por los patrones traumáticos en curso. No estoy en contra de los tratamientos fármacos, pueden beneficiar usados inteligentemente, para aliviar y mejorar la química, pero que un medicamento tenga efecto positivo, no revela nada sobre el origen de un síntoma.

En el cerebro hay 50 neurotransmisores o más cuyas complejas interacciones estamos comenzando a explorar, por no hablar de la posibilidades casi infinitas inherentes a la intersección de la experiencia con la biología corporal y cerebral durante toda la vida. Una vez más, la fisiología del cerebro es una manifestación y un producto de la vida, en movimiento y en contexto.

Bruce Perry: el cerebro es un órgano histórico. Almacena nuestra narrativa personal, por medio de su química y sus redes neuronales, no es de extrañar que las experiencias difíciles puedan resultar en una perturbación de la neurobiología. Incluso cuando los escáneres cerebrales muestren ciertas anomalías, como sucede en muchas personas traumatizadas, eso no demuestra que el trastorno tenga un efecto neuroquímico de origen.

Estudios revelan que la genética del cerebro no causa la enfermedad en muchas ocasiones, en la mayoría, ni las diferencias neurofisiológicas; todo es resultado de la experiencia vital.

La profesora Jehannine Austin, académica investigadora, dirige una clínica de asesoramiento genético sobre salud mental en Vancouver. “Todo el mundo tiene algunos genes que predisponen a la enfermedad mental, pero están muy lejos de ser su causa… Literalmente lo que separa a quienes los sufren de los que no, es lo que les ocurre a lo largo de su vida.”


Si la curación es el desierto de los síntomas o afecciones que perjudican la vida, la sanación es el proceso de reunirnos con las cualidades internas que siguen dentro de nosotros como posibilidades inherentes, como creo que siempre ocurre, y que hacen que valga la pena vivir a vida.

No sanamos “para “curarnos, aunque esté presente ese comprensible deseo. La sanación se entiende mejor como un fin en sí mismo. El camino hacia la integridad comienza por el reconocimiento del sufrimiento propio y del sufrimiento del mundo. No significa quedarse atrapados en un vórtice interminable de dolor, melancolía y especialmente victimista, una nueva y rígida identidad basada en el “trauma” (o para el caso, en la sanación) puede constituir otra trampa.

La verdadera sanación consiste, simplemente en abrirnos a la verdad de nuestra vida, en el pasado y presente, tan clara y objetivamente como podamos. Reconocemos dónde resultamos heridos y en la medida de lo posible, realizamos una auditoria sincera de los impactos de esas lesiones, ya que han afectado a nuestra vida y a la de quienes nos rodean.

Esto puede ser difícil, por innumerables motivos comprensibles. Da igual el grado de incomodidad que tapemos con ideas falsas, la verdad duele y no nos gusta tener dolor si podemos evitarlo, ni siquiera cuando sentimos que podría esperarnos algo mejor al otro lado.

Es muy difícil mirar la vida a la cara. Muchos no estaremos listos para buscar la verdad hasta que hayamos llegado a la conclusión de que el precio de no buscarla es demasiado alto, o hasta que nos familiaricemos lo suficiente con el doloroso anhelo de lo real.

Hay excepciones, pero no he visto a nadie que no se haya visto impulsado al camino del crecimiento y el cambio por algún revés o pérdida, por alguna enfermedad, angustia o alineación. La vida ya se encarga de llevarnos el sufrimiento necesario hasta la puerta. La tendencia es a la racionalización, somos hermanos lingüísticos.

La verdad de la que hablo es más modesta y realista: una mirada clara a cómo son las cosas en este momento, esta verdad marca el comienzo de la sanación, para llegar a él tendremos que utilizar algo más lleno de recursos que la cabeza.

El intelecto se convierte en una herramienta mucho más inteligente cuando permite que hable el corazón, cuando se abre a eso que llevamos dentro que se hace eco de la verdad, en lugar de intentar razonar con ella.

Si esto parece poco científico recuerda que el corazón es un órgano vivo que late, el Dr. Stephen Porges, ha demostrado que el circuito neuronal del compromiso social y el amor está íntimamente conectado con el corazón y sus funciones. El corazón además tiene su propio sistema nervioso; también los intestinos tienen neuronas. El corazón sabe cosas, igual que saber algo “visceralmente” también es saberlo. El plexo nervioso del intestino se ha llamado segundo cerebro, al igual que el del corazón.

Entonces podemos hablar de tres cerebros destinados a funcionar en consonancia, conectados mediante el sistema nervioso autónomo. Sin ese conocimiento del corazón y del intestino, a menudo funcionamos como reptiles geniales, sin embargo, tampoco podemos hacer caso omiso a la mente, ya que ahí es donde se desarrolla gran parte de la acción.

Si el corazón es nuestra mejor brújula en el camino hacia la sanación, la mente (consciente e inconsciente) es el territorio por el que hay que desplazarse. La sanación los alinea y los lleva a la cooperación, muchas veces después de una vida en la que uno se esconde tras el otro o lo pasa por alto.

Todo lo que somos surge de nuestro pensamientos (Buda hace 2500 años)

Podemos aprender a tomar las riendas de la mente con la que creamos nuestro mundo en lo sucesivo. La capacidad de sanación surge de la voluntad de hacer, precisamente es, de asumir esa responsabilidad. Esa voluntad no es una declaración que se hace en un momento determinado, sino un compromiso momento tras momento, que puede regenerarse cuando perdemos el contacto con él.

Es seguir recordándonoslo.

No se trata de una ingenuidad autoimpuesta ni al despreocupado pensamiento positivo. Se trata de la voluntad de replantearnos toda nuestra visión. Si la mente herida puede ser tiránica, es un tirano que anhela secretamente que lo depongan. El cambio no se da en la historia de la persona, sino en su forma de relacionarse con ella.


viernes, 4 de septiembre de 2026

La meditación profunda y la oración.


La meditación profunda y la oración.

Activación de regiones cerebrales implicadas en la regulación emocional, la atención y la empatía

Las investigaciones realizadas mediante tomografías SPECT (tomografía por emisión de fotón único) y fMRI (resonancia magnética funcional) muestran que la oración —especialmente durante la postración— aumenta la actividad en la corteza prefrontal (responsable de la función ejecutiva, la atención y el control de los impulsos) y reduce la actividad en la amígdala (responsable del procesamiento de emociones como la ansiedad, la agresividad y el miedo), lo que conduce a una mejor regulación emocional y a una mayor capacidad para la toma de decisiones.

Además, la meditación profunda y la oración se han relacionado con una disminución de la actividad y del flujo sanguíneo en el lóbulo parietal (esta parte del cerebro permite la percepción espacial y la coordinación mano-ojo), lo que se asocia con una reducción del sentimiento de identidad propia y una mayor sensación de conexión con un poder superior.

Un antídoto contra la divagación mental, la ensoñación y la rumiación

La red neuronal por defecto (RND) es un conjunto de regiones interconectadas del cerebro. Se sabe que se activa cuando una persona se dedica a rumiar sobre experiencias pasadas, a pensar en sí misma o a imaginar acontecimientos futuros, y suele desactivarse cuando nos dedicamos a actividades más centradas y orientadas a objetivos. La RND también desempeña un papel en la creación de un diálogo interno coherente (narrativa interna), que es vital para el establecimiento de un sentido del yo. Centrarse intencionadamente en la repetición la oración o la meditación, da lugar a una disminución de la actividad de la RND.


El eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA)

El HPA es el principal sistema neuroendocrino que se activa ante el estrés, provocando la liberación de hormonas del estrés en el torrente sanguíneo. La activación crónica de este sistema puede dar lugar a diversos problemas de salud física y mental, como trastornos metabólicos, infertilidad, ansiedad y depresión.

Además, la oración y la meditación de atención plena tienen un gran potencial para modular el HPA, reducir los niveles de cortisol y promover la producción de serotonina en el cerebro.


Aumenta la producción de serotonina y dopamina

La oración actúa como una práctica mental que estimula la liberación de las “hormonas del bienestar”, llamadas serotonina y dopamina. Mientras que la serotonina es un neurotransmisor que influye en el estado de ánimo, la cognición y la regulación emocional, la dopamina activa el sistema de placer y recompensa, lo que refuerza las prácticas espirituales y proporciona una sensación de satisfacción, motivación y logro. Se sabe que los niveles bajos de dopamina y serotonina en el cerebro desencadenan y mantienen los síntomas depresivos en una persona.

La oración y la meditación regulares tienen un efecto revitalizador sobre las hormonas del bienestar y aumentan su disponibilidad, lo que hace que, con el tiempo, la persona se vuelva emocionalmente resistente a las presiones y las decepciones y menos propensa a reaccionar ante el estrés.

Neuroplasticidad autodirigida: la capacidad del cerebro para reestructurarse y reorganizarse mediante la formación de nuevas conexiones neuronales.


¿Cambia la oración, literalmente, la estructura y la función de nuestro cerebro?

La respuesta es: Sí, puede hacerlo

La práctica regular de la oración estimula la neuroplasticidad al fortalecer las conexiones neuronales y provocar cambios estructurales en las regiones cerebrales relacionadas con la concentración, la regulación emocional, la toma de decisiones, la compasión, la memoria y el lenguaje.

Es un hecho científico bien conocido que cada comportamiento, acción o pensamiento intencionado que se repite tiende a fortalecer una conexión neuronal, lo que hace que ese comportamiento o patrón de pensamiento se convierta en un hábito.

En un estudio de neuroimagen se descubrió que las personas que practicaron meditación de atención plena durante ocho semanas mostraron un aumento de la concentración de materia gris (que desempeña un papel clave en la memoria, la inteligencia, el procesamiento emocional y la percepción), en el hipocampo (responsable de la memoria, la motivación y el aprendizaje), y una disminución de la materia en la amígdala (responsable del estrés y el miedo).