viernes, 23 de enero de 2026

Comunicación cuerpo-mente

 


El cuerpo y la mente están íntimamente ligados y su interacción ejerce una profunda influencia sobre la salud y la enfermedad, la vida y la muerte.

Las emociones cuando las reprimimos, vulneran nuestro sistema inmune, al igual que el estrés y las creencias insalubres que se instalan en nuestro cerebro en forma de redes neuronales, determinando respuestas adictivas  a nuestra forma de percibir y reaccionar en la vida.

Podemos adquirir plasticidad biológica y biopsicosocial para enfrentar situaciones adversas y salir fortalecidos, resilientes, entendiendo por resiliencia a la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límites y sobreponerse a ellas.

Los tratamientos basados  en la medicina biopsicosocial, que atienden las necesidades emocionales, cognitivas, físicas, nutricionales, vinculares, inconscientes, espirituales y energéticas, pueden no solo mejorar la vida de personas con enfermedades graves, sino también modificar el curso de la enfermedad.

Ya no podemos negar que las actitudes, hábitos, los estados emocionales (desde el amor hasta la compasión, desde el miedo hasta el resentimiento o la rabia) pueden desencadenar reacciones que afectan la química interna, optimizando o debilitando nuestro estado funcional.

Nuestros pensamientos provocan reacciones químicas que nos llevan a la adicción de comportamientos y sensaciones. Cuando aprendemos cómo se crean estos hábitos tóxicos que nos afecta en la vida y que están instalados en nuestras redes neuronales, podemos acabar con ellos y además, reprogramar y desarrollar nuestro cerebro para que podamos tener nuevos comportamientos más saludables en nuestra vida.

El cuerpo es como un mensajero, nos alerta constantemente cuando algo de lo que  pensamos, sentimos o imaginamos, es bueno o no para nuestra biología, mediante indicadores somáticos de bienestar o malestar, que, generalmente ignoramos.

Podemos aprender a movilizar sustancias químicas (drogas endógenas) para mover el curso de nuestra biología.

Estas drogas endógenas (internas) pueden ser antidepresivos, estimulantes, ansiolíticos, analgésicos, etc., esta es un área rica y poco difundida.

 

Para comprender de dónde surgen realmente nuestras limitaciones, es fundamental conocer nuestra mente. 

 

El Dr. Andrew Newberg, reconocido neurocientífico norteamericano dice:

el cerebro es capaz de realizar millones de cosas diferentes y las personas, en verdad, deberían saber que son realmente increíbles y que sus mentes también lo son.  Tenemos esta cosa increíble dentro de nuestra cabeza, que no solo  puede hacer muchas cosas por nosotros y nos puede ayudar a aprender, sino que es capaz de cambiar y adaptarse y nos puede hacer mejores de lo que somos. Nos puede ayudar a trascendernos y debe haber algún modo que, de hecho, nos lleve a un nivel superior de nuestra existencia en la que podamos comprender el mundo y nuestra relación con las cosas y las personas de una manera más profunda y que en definitiva podamos darle mayor significado a nuestras vidas y nuestro mundo. Existe una parte espiritual en nuestro cerebro, se trata de una parte a la cual todos podemos acceder, es algo que todos podemos hacer.”

Nuestra mente y nuestro cuerpo, constantemente están comunicándose, esta interacción la estudia la Psiconeuroendocrinoinmunología (PNEI), esta estudia la interacción entre los procesos de adaptación de conducta, neuronales, neuroendocrinos y los inmunológicos. Su premisa principal es que la homeostasis (equilibrio) es un proceso integrado que involucra las interacciones entre los sistemas nervioso, endócrino e inmune.

Toda esta extraordinaria maquinaria neuro- inmuno- endocrinológica, está permanentemente a nuestras órdenes y cada uno de nosotros de manera consciente o no, la estamos movilizando a cada segundo.

Es el cerebro el que coordina y envía sus órdenes a través del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, y pone en marcha la secreción de una serie de hormonas que alcanzan los linfocitos que, en última instancia son los que transmiten las órdenes. Y también a través del sistema nervioso autónomo, simpático y parasimpático, al que el sistema inmunitario presta especial atención y escucha en cada momento.

De manera que podemos darnos cuenta de cómo nuestros pensamientos, actitudes y creencias, crean las condiciones de nuestro cuerpo a través de los sistemas de control homeostático de nuestro organismo: sistema nervioso, endocrino e inmunitario.

El estado emocional, filtra y modula la percepción para que los estímulos ambientales, los factores psicosociales, los estresores que vivimos, y en general todo aquello que nos importa, produzca determinado tipo de impacto  sobre el cerebro.

El cerebro, utiliza por un lado el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y por el otro el sistema nervioso vegetativo para comunicarse con el sistema inmunitario. Los intermediarios son las moléculas de información que corresponden a cada uno de estos tres sistemas, o sea, las hormonas del sistema endocrino, los neurotransmisores del sistema nervioso y las linfosinas del sistema inmunitario.

En el sentido inverso, este proceso también funciona: el sistema inmunitario recoge información periférica de estresores infecciosos o inflamatorios radicados en cualquier órgano o tejido del cuerpo, y a través de la secreción de linfosinas, informa lo que ocurre al cerebro, el cual con la información adecuada,  pone en marcha las correspondientes estrategias de comportamiento.

Es decir que, los efectos del comportamiento, están mediados por las linfocinas del sistema inmunitario ya sea el estresor infeccioso-inflamatorio (en el sentido sistema inmunitario-sistema nervioso), o bien ambiental psicológico (en el sentido sistema nervioso-sistema inmunitario), pero en ambos casos, el sistema de respuesta es común.

El sistema nervioso modula el sistema inmunitario y viceversa, el sistema inmunitario  informa al sistema nervioso.

Los tres sistemas forman un triángulo de información en donde el sistema nervioso impone su melódico ritmo, el del día y la noche, el de luz y oscuridad,  el de bienestar y malestar, el de placer y dolor, el de los periodos de sueño y el  ritmo circadiano. Y esa conversación no cesa nunca, ni siquiera cuando dormimos y mucho menos cuando quedamos sin energía; justo en estos casos es cuando nuestro sistema inmunitario se apodera de ella totalmente, justo cuando más la necesita para desempeñar su trabajo en estos momentos de depresión o enfermedad.

El sistema inmunitario, no solo escucha, sino que reacciona al diálogo emocional. Es nuestro cuidador, siempre que se le permita disponer de la información adecuada. El sistema inmune es nuestro sexto sentido, el que informa a nuestro organismo de lo que no se puede ver, ni tocar, ni oír, ni degustar, ni oler; pero si es capaz de traducir información ambiental al cerebro que no es captada por otros sentidos, estímulos no cognitivos o premonición de enfermedad, por ejemplo.

Los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario, encarnan en nuestro organismo literalmente, el proceso de la consciencia que queda impreso en nuestros tejidos a partir de nuestras vivencias, así entendemos como una persona puede enfermar a causa del sufrimiento y también como la comprensión psicológica del mensaje que trae cada enfermedad grave, ilumina el área del cerebro que enviará sus órdenes al sistema inmune para que ponga fin al conflicto.

Es fácil comprender entonces como diversos factores psicosociales (el estrés, el tipo de personalidad, la preocupación y el modo de afrontarla, el apoyo social, el duelo, los conflictos de pareja, la depresión, la ansiedad, un desastre natural, o un conflicto bélico), producen un patrón de impacto específico sobre el sistema inmunitario, que termina elaborando el patrón de respuesta inmune propio de cada individuo. Una forma de llevar la experiencia en el organismo que, sumado a factores como la edad, la dieta, y otros, dependerá su estado de salud o enfermedad y en caso de esta última, que tipo de enfermedad y qué órgano se afectará, según la vulnerabilidad de cada uno frente al impacto físico y/o emocional.

Las expresiones afecto-cognitivas, influyen en el sistema de defensas. Sabemos que al disminuir la ansiedad, aumenta de manera específica los linfocitos CD4, que confesar secretos de culpabilidad         produce un aumento del número de linfocitos o que las hormonas del estrés disminuyen las células NK (“asesinas naturales”) circulantes.

Toda memoria es biocognitiva y la mente se encuentra en todo el cuerpo. El hecho de que el sistema inmune tenga la capacidad de aprender parámetros afectivos y cognitivos, explica por qué el recuerdo reproduce respuestas fisiológicas. (S. M. Maruso)

El sistema inmunitario se pasa el tiempo escuchando nuestros monólogos y su respuesta está condicionada por los pensamientos.

Las células que defienden el organismo tienen receptores de las sustancias que el cerebro produce con cada pensamiento.

 

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