El cuerpo y la mente están íntimamente ligados y su interacción ejerce una profunda influencia sobre la salud y la enfermedad, la vida y la muerte.
Las emociones cuando las reprimimos,
vulneran nuestro sistema inmune, al igual que el estrés y las creencias
insalubres que se instalan en nuestro cerebro en forma de redes neuronales,
determinando respuestas adictivas a
nuestra forma de percibir y reaccionar en la vida.
Podemos adquirir plasticidad biológica
y biopsicosocial para enfrentar situaciones adversas y salir fortalecidos,
resilientes, entendiendo por resiliencia a la capacidad humana de asumir con
flexibilidad situaciones límites y sobreponerse a ellas.
Los tratamientos basados en la medicina biopsicosocial, que atienden
las necesidades emocionales, cognitivas, físicas, nutricionales, vinculares,
inconscientes, espirituales y energéticas, pueden no solo mejorar la vida de
personas con enfermedades graves, sino también modificar el curso de la
enfermedad.
Ya no podemos negar que las actitudes,
hábitos, los estados emocionales (desde el amor hasta la compasión, desde el
miedo hasta el resentimiento o la rabia) pueden desencadenar reacciones que
afectan la química interna, optimizando o debilitando nuestro estado funcional.
Nuestros pensamientos provocan
reacciones químicas que nos llevan a la adicción de comportamientos y
sensaciones. Cuando aprendemos cómo se crean estos hábitos tóxicos que nos
afecta en la vida y que están instalados en nuestras redes neuronales, podemos
acabar con ellos y además, reprogramar y desarrollar nuestro cerebro para que
podamos tener nuevos comportamientos más saludables en nuestra vida.
El cuerpo es como un mensajero, nos
alerta constantemente cuando algo de lo que
pensamos, sentimos o imaginamos, es bueno o no para nuestra biología,
mediante indicadores somáticos de bienestar o malestar, que, generalmente
ignoramos.
Podemos aprender a movilizar sustancias
químicas (drogas endógenas) para mover el curso de nuestra biología.
Estas drogas endógenas (internas)
pueden ser antidepresivos, estimulantes, ansiolíticos, analgésicos, etc., esta
es un área rica y poco difundida.
Para comprender de dónde surgen realmente nuestras limitaciones, es
fundamental conocer nuestra mente.
El Dr. Andrew Newberg, reconocido
neurocientífico norteamericano dice:
“el
cerebro es capaz de realizar millones de cosas diferentes y las personas, en
verdad, deberían saber que son realmente increíbles y que sus mentes también lo
son. Tenemos esta cosa increíble dentro
de nuestra cabeza, que no solo puede
hacer muchas cosas por nosotros y nos puede ayudar a aprender, sino que es
capaz de cambiar y adaptarse y nos puede hacer mejores de lo que somos. Nos
puede ayudar a trascendernos y debe haber algún modo que, de hecho, nos lleve a
un nivel superior de nuestra existencia en la que podamos comprender el mundo y
nuestra relación con las cosas y las personas de una manera más profunda y que
en definitiva podamos darle mayor significado a nuestras vidas y nuestro mundo.
Existe una parte espiritual en nuestro cerebro, se trata de una parte a la cual
todos podemos acceder, es algo que todos podemos hacer.”
Nuestra mente y nuestro cuerpo, constantemente están comunicándose, esta
interacción la estudia la Psiconeuroendocrinoinmunología (PNEI), esta estudia
la interacción entre los procesos de adaptación de conducta, neuronales,
neuroendocrinos y los inmunológicos. Su premisa principal es que la homeostasis
(equilibrio) es un proceso integrado que involucra las interacciones entre los
sistemas nervioso, endócrino e inmune.
Toda esta extraordinaria maquinaria
neuro- inmuno- endocrinológica, está permanentemente a nuestras órdenes y cada
uno de nosotros de manera consciente o no, la estamos movilizando a cada
segundo.
Es el cerebro el que coordina y envía
sus órdenes a través del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, y pone en marcha
la secreción de una serie de hormonas que alcanzan los linfocitos que, en
última instancia son los que transmiten las órdenes. Y también a través del
sistema nervioso autónomo, simpático y parasimpático, al que el sistema
inmunitario presta especial atención y escucha en cada momento.
De manera que podemos darnos cuenta de
cómo nuestros pensamientos, actitudes y creencias, crean las condiciones de
nuestro cuerpo a través de los sistemas de control homeostático de nuestro
organismo: sistema nervioso, endocrino e inmunitario.
El estado emocional, filtra y modula la
percepción para que los estímulos ambientales, los factores psicosociales, los
estresores que vivimos, y en general todo aquello que nos importa, produzca
determinado tipo de impacto sobre el
cerebro.
El cerebro, utiliza por un lado el eje
hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y por el otro el sistema nervioso vegetativo
para comunicarse con el sistema inmunitario. Los intermediarios son las
moléculas de información que corresponden a cada uno de estos tres sistemas, o
sea, las hormonas del sistema endocrino, los neurotransmisores del sistema
nervioso y las linfosinas del sistema inmunitario.
En el sentido inverso, este proceso
también funciona: el sistema inmunitario recoge información periférica de
estresores infecciosos o inflamatorios radicados en cualquier órgano o tejido
del cuerpo, y a través de la secreción de linfosinas, informa lo que ocurre al
cerebro, el cual con la información adecuada,
pone en marcha las correspondientes estrategias de comportamiento.
Es decir que, los efectos del
comportamiento, están mediados por las linfocinas del sistema inmunitario ya
sea el estresor infeccioso-inflamatorio (en
el sentido sistema inmunitario-sistema nervioso), o bien ambiental
psicológico (en el sentido sistema
nervioso-sistema inmunitario), pero en ambos casos, el sistema de respuesta
es común.
El sistema nervioso modula el sistema
inmunitario y viceversa, el sistema inmunitario
informa al sistema nervioso.
Los tres sistemas forman un triángulo
de información en donde el sistema nervioso impone su melódico ritmo, el del
día y la noche, el de luz y oscuridad,
el de bienestar y malestar, el de placer y dolor, el de los periodos de
sueño y el ritmo circadiano. Y esa
conversación no cesa nunca, ni siquiera cuando dormimos y mucho menos cuando
quedamos sin energía; justo en estos casos es cuando nuestro sistema
inmunitario se apodera de ella totalmente, justo cuando más la necesita para
desempeñar su trabajo en estos momentos de depresión o enfermedad.
El sistema inmunitario, no solo escucha, sino
que reacciona al diálogo emocional. Es nuestro cuidador, siempre que se le
permita disponer de la información adecuada. El sistema inmune es nuestro sexto
sentido, el que informa a nuestro organismo de lo que no se puede ver, ni
tocar, ni oír, ni degustar, ni oler; pero si es capaz de traducir información
ambiental al cerebro que no es captada por otros sentidos, estímulos no
cognitivos o premonición de enfermedad, por ejemplo.
Los sistemas nervioso, endocrino e
inmunitario, encarnan en nuestro organismo literalmente, el proceso de la
consciencia que queda impreso en nuestros tejidos a partir de nuestras
vivencias, así entendemos como una persona puede enfermar a causa del
sufrimiento y también como la comprensión psicológica del mensaje que trae cada
enfermedad grave, ilumina el área del cerebro que enviará sus órdenes al
sistema inmune para que ponga fin al conflicto.
Es fácil comprender entonces como
diversos factores psicosociales (el
estrés, el tipo de personalidad, la preocupación y el modo de afrontarla, el
apoyo social, el duelo, los conflictos de pareja, la depresión, la ansiedad, un
desastre natural, o un conflicto bélico), producen un patrón de impacto
específico sobre el sistema inmunitario, que termina elaborando el patrón de
respuesta inmune propio de cada individuo. Una forma de llevar la experiencia
en el organismo que, sumado a factores como la edad, la dieta, y otros,
dependerá su estado de salud o enfermedad y en caso de esta última, que tipo de
enfermedad y qué órgano se afectará, según la vulnerabilidad de cada uno frente
al impacto físico y/o emocional.
Las expresiones afecto-cognitivas,
influyen en el sistema de defensas. Sabemos que al disminuir la ansiedad,
aumenta de manera específica los linfocitos CD4, que confesar secretos de
culpabilidad produce un aumento
del número de linfocitos o que las hormonas del estrés disminuyen las células
NK (“asesinas naturales”) circulantes.
Toda memoria es biocognitiva y la mente
se encuentra en todo el cuerpo. El hecho de que el sistema inmune tenga la
capacidad de aprender parámetros afectivos y cognitivos, explica por qué el
recuerdo reproduce respuestas fisiológicas. (S. M. Maruso)
El sistema inmunitario se pasa el
tiempo escuchando nuestros monólogos y su respuesta está condicionada por los
pensamientos.
Las células que defienden el
organismo tienen receptores de las sustancias que el cerebro produce con cada
pensamiento.
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