Tarde o temprano, la vida emocional, nos invita a que miremos dentro. Cuando aparece el dolor, la rabia, el miedo, la tristeza, etc., tenemos una invitación a conocer un poco más de lo que realmente nos está pasando.
No nos educan a sentir, a escuchar los mensajes que cada emoción nos trae para poder integrar y crecer sanamente, de manera que es imperioso que aprendamos a relacionarnos con lo que nos pasa de una manera inteligente (desarrollar la inteligencia emocional), sin dejarnos llevar por lo mecánico y condicionado, aprender a gerenciar ese mundo emocional, evitando desbordarnos, reprimir o negar lo que nos está sucediendo.
Es importante durante este aprendizaje, ser amables con nosotros mismos y tener paciencia con nuestros propios procesos internos.
El aprender a gestionar las emociones, nos ayuda a crear una vida saludable, pero si las dejamos a su aire o bien, las reprimimos, pretendiendo que no existen, negándolas, las apartamos de la conciencia, pueden provocar perturbaciones, síntomas, enfermedades.
Las emociones surgen en base a programas mentales, creencias, maneras de interpretar los acontecimientos. Estos patrones, buscan la felicidad, huyendo del dolor, teniendo siempre una intención positiva, un beneficio escondido, que a veces cuesta entender con la mente concreta (la que analiza, juzga, cuestiona…)
Funcionamos por repetición de patrones mentales, sin ser conscientes de ellos muchas veces, patrones que fuimos grabando en los primeros años de vida y reforzando luego mediante las distintas experiencias que confirmaban esa manera de ver y actuar.
Nuestras emociones se basan en esos patrones; para desarrollar una inteligencia emocional, debemos reconocer y cambiar dichos patrones.
Cuando se trata de una experiencia traumática y la emoción que la acompaña se bloquea, la mente no puede evaluar o integrar esa experiencia. Cuando la energía emocional bloquea la resolución del trauma, la mente disminuye su capacidad de funcionamiento. Con los años, la mente se empequeñece cada vez más, ya que el bloqueo de la energía emocional se intensifica cada vez que ocurre una experiencia similar.
Siempre que tenemos una experiencia nueva, y que de alguna forma se parece al trauma original, sentimos con una intensidad que es desproporcionada con lo que está ocurriendo en realidad. Se trata de una regresión espontánea.
Nuestro niño interno herido está lleno de energía no resuelta que proviene de la tristeza de un trauma infantil.
Uno de los motivos de que sintamos tristeza es para completar los sucesos dolorosos del pasado, de modo que podamos disponer de nuestra energía para el presente. Cuando no se nos permite lamentarnos, esta energía se congela.
Para aprender más sobre el tema te ofrecemos: